domingo, 25 de abril de 2010

Proyección

Cogí una vieja silla de madera y la puse frente a la suya, perfectamente alineadas y simétricas. Hicimos el movimiento prácticamente al unísono, nos sentamos uno frente al otro y pareció como si nos asesinásemos con la mirada y con la mente. Permanecimos largo rato así, inmóviles, petrificados, clavando la mirada en el otro y con la mente en blanco. No sabía que pensar, la verdad, no conocía de nada a aquel tipo y sin embargo me sonaba su cara. Su expresión me devolvía esa misma sensación de extrañeza, confusión y una lejana comprensión, en esto último me llevaba ventaja.

El tiempo carecía de sentido en aquella estancia, era todo tan ordinario que permanecer más de un instante en intentar buscar algo interesante sería una pérdida de tiempo, un tiempo que gastábamos en perforar la mente del silencioso interlocutor. Pasados unos minutos, horas, días o semanas, no importaba cuánto; arrancamos a charlar, pero las palabras sonaron dobles. El eco fue perfecto, y ambos quedamos boquiabiertos por la coincidencia, volviendo al silencio. Me sonrió con una cara de suficiencia y le devolví confusión.

- ¿No hace falta que diga "hola", verdad?
- De la misma manera que no se lo dirías a un desconocido por la calle.
- Exacto.

"Pero", pensé yo, "aquí estamos tú y yo solos..."

- Hola.- dije, sin sentirlo realmente.
- ¿Verdad que es diferente?

Yo permanecí en un silencio expectante, percibía en él una predisposición casi enfermiza de trastear en mis pensamientos. Y, así, no pudo evitar -ni tampoco quiso- seguir hablando.

- Es diferente cuando algo te llama la atención. - sacudió disimuladamente la cabeza, como quien aparta un insecto de su cabeza. Miró fugazmente a un lado y volvió a mí.

Yo permanecía en silencio mientras él seguía deambulando por pensamientos, quizá, ajenos a mí.

- Descubriendo una montaña oculta en una planicie. Te tumbas en el suelo mirando a ras, y solo te topas con el horizonte en la lejanía. Entonces echas a andar, sin rumbo, pues todo es igual e indistinto. Te paras aquí y allá, en pequeñas rocas y quizá te interesan algo; ¡incluso te sientas en alguna! Pero son incómodas, ¿verdad? Te levantas de nuevo y sigues tu camino difuso, difuso por destino y no por camino. Puedes dar vueltas, puedes ir recto, puedes correr y caer, puedes bailar y saltar; ¿qué importa, si todo es planicie? Noche y día son idénticos. Plano, plano... Y quieres encontrar piedras cómodas, pero son duras, frías o calientes, incómodas en esencia, quizás con un respaldo... si lo hubiera... Pero, claro, con las piedras también tropiezas. Una y otra vez. Por eso, en vez de sorprenderte, te quedas mirando la sangre caer. En el plano, ¿qué más da, si andas o corres, si bailas o saltas?

Sus palabras carecían completamente de sentido para mí. Pero él... Fabricaba con pasión cada una de sus frases, saboreaba las metáforas como un sabroso postre. Sin duda, estaba disfrutando. ¿Porque, entonces, no sonreía? Sacudía una y otra vez la cabeza cuando una sonrisa asomaba en sus labios. O eso creía, era efímero. Apartaba visiblemente los sentimientos agradables para guardarlos en sí. Se detenía entre frases, miraba a un lado. Más de una vez intenté mantener el contacto visual, pero me evitaba la mirada al hablar, solo haciéndolo en los silencios. ¿Esperaba comprensión?

- No consigo seguirte. - dije finalmente.
- Sin embargo aquí sigues.
- Es lo que quieres.
- Quiero... - continuó con su monólogo apasionado y reprimido- ¿Cómo se sabe lo que se quiere? Si cuando algo tienes ya no lo quieres. Si cuando no tienes el querer es obsesión. El plano de la indiferencia frente al anhelo del horizonte. ¿Cómo sabes que quieres una montaña, si a la vista no la hay? ¿La querrías al verla? Solo son suposiciones con respuestas claras, que pierden sentido al preguntarlas así. Son preguntas que no interesan a terceros.

Algo dentro de mí comprendía. Se guardaba sus pensamientos como preciados tesoros, enmascarándolos con una gruesa capa de falso interés. Su rostro no cambiaba, apartaba sentimientos. Completamente indiferente, a mí, a él, a todo. En realidad, dudé de todo lo que me dijo, dudé de su cordura, incluso de su locura. No era nadie, comprendía. Es la diferencia entre entender y comprender. Entendía sus palabras, si, conseguí seguirlas. Pero no se pueden comprender, no había provecho, eran como placebo de una mente inquieta. Como quien da agua a un ser hambriento, beberá mucho, pero no lo saciará. El agua no calmará su hambre, solo confundirá su cuerpo durante un corto periodo de tiempo. Así era él. Lo detesté, y me detesté por intentar escucharle. Me ví reflejado en el o él reflejado en mí. No, más bien, reflejos vacíos. Como dos reflejos idénticos de algo más real que no éramos ninguno de los dos, no estaba en aquella habitación.

Como cada día, como cada tarde, volví a guardar el espejo que tenía frente a mí, tapando mi reflejo con una sábana. Observé por unos instantes el paisaje a través de la ventana y salí a la calle.

miércoles, 7 de abril de 2010

Contando pesadillas (Parte IV): Muerte en Vida

Una estrecha escalera de caracol descendía hacia la inmensa oscuridad de un sótano. Parecía no tener fin, giraba y giraba sobre sí misma, con una elegancia que me costaba asimilar e incitaba a continuar descendiendo. A medida que avanzaba las paredes se hacían más y más oscuras, pero eso solo hacía que mi curiosidad y, por tanto, mi prisa fuera en aumento. Pasé por debajo de un arco de piedra. Absorto en mis confusos pensamientos no me di cuenta… frené en seco. Volví sobre mis pasos y me detuve a observar la parte superior del arco. Entre las desgastadas piedras se podía adivinar los restos de un letrero, esculpido. Parecía como si alguien hubiera golpeado las letras para eliminar cualquier rastro de ellas, pero aun así… conseguí leerlo: “Muerte en Vida”.

Aunque lo hubiera intentado, esas palabras no podían desaparecer de mi mente, mientras seguía descendiendo por los malgastados peldaños. ¿Qué otra cosa podía tener en mente? Piedra, escaleras, piedra… no había nada más. Ahora iba más atento pero sin detenerme en ningún momento, las ansias de encontrar algo nuevo no podían con la curiosidad de escudriñar los, ahora numerosos, arañazos en las paredes. Pasé por debajo de otro arco, de nuevo, con un letrero medio destruido… me paré a leerlo: “Vive la Muerte”.

“Bien”, pensé, “ahora tengo dos cosas en que pensar”. Lo cual era completamente inútil, para mi eran palabras vacías de significado. Ojala lo fueran aún…

Tras casi una hora, o al menos eso creía, bajando, bajando… tras pasar por innumerables arcos de piedra con letreros destruidos y maltratados, ocultos a los ojos inocentes de su único lector… me tropecé de golpe con una portezuela de madera. Era el final de la escalera, por fin. Tenía una cerradura, aunque la llave estaba puesta. Giré la pesada llave oxidada y abrí la puerta casi con alivio.

Lo que me esperaba al otro lado de la puerta aún es algo que… algo que…

Una brisa suave me acarició las mejillas, con un frío que rasgaba la piel. Mi odiado amo de la realidad había estado jugando conmigo de nuevo y su voluntad quiso dejarme tirado en medio de una oscura calle azotada por el frío de la noche. Al darme la vuelta vi que la puerta había sido sustituida por un sólido muro de hormigón. Era increíble, sí, pero no sorprendente.

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Sin otra cosa que hacer mas que retorcer y exprimir las palabras de piedra de un camino que ya no existía, eché a andar por la calle. No parecía el centro de una ciudad, pero tampoco un suburbio. Era totalmente típica, bloques de edificios con pequeños comercios en la planta baja, un supermercado, alguna calle más ancha, otras más estrechas… muy típico.

Dentro de esta pequeña burbuja de tranquilidad el viento era el protagonista. Con cada ráfaga de hielo sentía un escalofrío que me hacía sacudir todo el cuerpo. Me refugiaba tímidamente en los portales, como si así consiguiera darle esquinazo. El viento se arremolinaba en los recovecos, me sacaba de los portales para dar caza al único transeúnte de esta ciudad fantasma. La única señal de vida era la luz de las farolas, y no aportaban seguridad, sino todo lo contrario. No había gente, ni luz en ninguna casa.

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Tras un buen rato y varios rincones incómodos, encontré un amplio portal que hacia una curiosa forma de L, me dirigí a él con alivio. Nunca lo vi entero…

Estando a tan solo un par de zancadas escuché una voz, casi un susurro fundido con la ópera del viento, detrás de mí. Me di la vuelta tan rápido que estuve a punto de tropezar conmigo mismo. La voz provenía de un chiquillo, se asomaba cautelosamente desde detrás de un pequeño arbolillo. A penas podía verle la cara, pero parecía triste… triste por mí. Volvió a pronunciar mi nombre. Era increíble como hacía llegar hasta mí su voz, tan suave. Me quedé parado. Y estando allí plantado, en medio de la calle, con un viento infernal que ahora ignoraba, me di cuenta de que… mientras mi ropa aleteaba con rabia, la suya no… como si él fuera un pequeño espacio tranquilo.

Quise andar hacia el niño, pero en cuanto di el primer paso desapareció. Se escondió detrás del árbol. Corrí hacia allí pero no había nada.

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Alcé la vista calle abajo. Quedé sorprendido. Dos personas estaban allí donde yo mismo me había quedado plantado al suelo.

Eran pareja, estaban cogidos de la mano y se miraban a los ojos. Él se acercó a ella y la besó tiernamente. Acto seguido ambos giraron la cabeza hacia mí. Me miraron con los ojos muy abiertos, sin pronunciar palabra. Miré a mi alrededor, detrás de mi, arriba, al suelo… solo estaba yo. Se miraron de nuevo y luego a mi otra vez. Un abatimiento sobrehumano me sobrevino de repente cuando ambos rieron, se rieron… las carcajadas taladraban mis oídos. Un dolor mucho más intenso que el frío… caí de rodillas y grité, grité de dolor, sin saber qué me dolía.

Cerré los ojos con mucha fuerza, busqué energías para levantarme y echar a correr. Corría con dificultad, tropezando con todo, caía al suelo y me golpeaba con paredes y postes. Pero ningún golpe se igualaba a aquel dolor. Mi cabeza era un cúmulo de imágenes sin sentido, en cierto modo llena de vacío.
En cada esquina, en cada calle, había alguien. A veces una sola persona, otras veces eran más. Una pareja, un grupo de amigos, un anciano, un niño… Todos hacían lo mismo. Reían y reían. No eran risas, eran muecas. Carcajadas vacías y sin sentimiento, como robots programados para ello. Era peor. No eran reales. Todos desaparecían.

Terminé cayendo al suelo de bruces. Estuve… yo que sé cuanto tiempo allí tirado. La sangre me nublaba la vista y mojaba mi rostro. Oí unos pasos cerca de mí, pero ya no podía siquiera abrir los ojos. Sentí como se me acercaba a la cara, soltó una risa divertida y me habló al oído… “¿Recuerdas?”