El tiempo carecía de sentido en aquella estancia, era todo tan ordinario que permanecer más de un instante en intentar buscar algo interesante sería una pérdida de tiempo, un tiempo que gastábamos en perforar la mente del silencioso interlocutor. Pasados unos minutos, horas, días o semanas, no importaba cuánto; arrancamos a charlar, pero las palabras sonaron dobles. El eco fue perfecto, y ambos quedamos boquiabiertos por la coincidencia, volviendo al silencio. Me sonrió con una cara de suficiencia y le devolví confusión.
- ¿No hace falta que diga "hola", verdad?
- De la misma manera que no se lo dirías a un desconocido por la calle.
- Exacto.
"Pero", pensé yo, "aquí estamos tú y yo solos..."
- Hola.- dije, sin sentirlo realmente.
- ¿Verdad que es diferente?
Yo permanecí en un silencio expectante, percibía en él una predisposición casi enfermiza de trastear en mis pensamientos. Y, así, no pudo evitar -ni tampoco quiso- seguir hablando.
- Es diferente cuando algo te llama la atención. - sacudió disimuladamente la cabeza, como quien aparta un insecto de su cabeza. Miró fugazmente a un lado y volvió a mí.
Yo permanecía en silencio mientras él seguía deambulando por pensamientos, quizá, ajenos a mí.
- Descubriendo una montaña oculta en una planicie. Te tumbas en el suelo mirando a ras, y solo te topas con el horizonte en la lejanía. Entonces echas a andar, sin rumbo, pues todo es igual e indistinto. Te paras aquí y allá, en pequeñas rocas y quizá te interesan algo; ¡incluso te sientas en alguna! Pero son incómodas, ¿verdad? Te levantas de nuevo y sigues tu camino difuso, difuso por destino y no por camino. Puedes dar vueltas, puedes ir recto, puedes correr y caer, puedes bailar y saltar; ¿qué importa, si todo es planicie? Noche y día son idénticos. Plano, plano... Y quieres encontrar piedras cómodas, pero son duras, frías o calientes, incómodas en esencia, quizás con un respaldo... si lo hubiera... Pero, claro, con las piedras también tropiezas. Una y otra vez. Por eso, en vez de sorprenderte, te quedas mirando la sangre caer. En el plano, ¿qué más da, si andas o corres, si bailas o saltas?
Sus palabras carecían completamente de sentido para mí. Pero él... Fabricaba con pasión cada una de sus frases, saboreaba las metáforas como un sabroso postre. Sin duda, estaba disfrutando. ¿Porque, entonces, no sonreía? Sacudía una y otra vez la cabeza cuando una sonrisa asomaba en sus labios. O eso creía, era efímero. Apartaba visiblemente los sentimientos agradables para guardarlos en sí. Se detenía entre frases, miraba a un lado. Más de una vez intenté mantener el contacto visual, pero me evitaba la mirada al hablar, solo haciéndolo en los silencios. ¿Esperaba comprensión?
- No consigo seguirte. - dije finalmente.
- Sin embargo aquí sigues.
- Es lo que quieres.
- Quiero... - continuó con su monólogo apasionado y reprimido- ¿Cómo se sabe lo que se quiere? Si cuando algo tienes ya no lo quieres. Si cuando no tienes el querer es obsesión. El plano de la indiferencia frente al anhelo del horizonte. ¿Cómo sabes que quieres una montaña, si a la vista no la hay? ¿La querrías al verla? Solo son suposiciones con respuestas claras, que pierden sentido al preguntarlas así. Son preguntas que no interesan a terceros.
Algo dentro de mí comprendía. Se guardaba sus pensamientos como preciados tesoros, enmascarándolos con una gruesa capa de falso interés. Su rostro no cambiaba, apartaba sentimientos. Completamente indiferente, a mí, a él, a todo. En realidad, dudé de todo lo que me dijo, dudé de su cordura, incluso de su locura. No era nadie, comprendía. Es la diferencia entre entender y comprender. Entendía sus palabras, si, conseguí seguirlas. Pero no se pueden comprender, no había provecho, eran como placebo de una mente inquieta. Como quien da agua a un ser hambriento, beberá mucho, pero no lo saciará. El agua no calmará su hambre, solo confundirá su cuerpo durante un corto periodo de tiempo. Así era él. Lo detesté, y me detesté por intentar escucharle. Me ví reflejado en el o él reflejado en mí. No, más bien, reflejos vacíos. Como dos reflejos idénticos de algo más real que no éramos ninguno de los dos, no estaba en aquella habitación.
Como cada día, como cada tarde, volví a guardar el espejo que tenía frente a mí, tapando mi reflejo con una sábana. Observé por unos instantes el paisaje a través de la ventana y salí a la calle.



