Iluso de mí, creía que la muerte era un final, un triste final para una terrible pesadilla que se convirtió en mi vida. Mi vida de sueños y falsas apariencias. No se dieron más puertas que cruzar, me dirijo a ti, artífice de mi tragedia, del drama que me diste por vida y por muerte. No me diste más puertas y me tiré de cabeza contra ti, y como no sabía qué, ni quién, ni dónde… me lancé, me catapulté hacia fuera. No había puerta pero conseguí salir.
“¿No era esa tu ansiada puerta?”
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Intenté, como otras tantas veces ya, abrir pesadamente los ojos. Interminables luces cruzaban mi visión, rápidas, rítmicas, incluso hipnóticas y…en ese mismo instante, un lejano eco en mi cabeza de una voz conocida me hizo agitarme violentamente. Fue un acto reflejo que había adquirido. Si tan siquiera pudiera verlo, ¿¡porqué te escondías!? No soportaba oír de nuevo su voz susurrándome al oído.
Me levanté sobresaltado de la camilla de hospital y, extrañado, me encontré de pie en un pasillo. Un interminable pasillo blanco en ambas direcciones. Vacío, sin puertas, sin muebles, sin camilla… solo yo. Caminé, supuse que no importaba la dirección, y elegí sin pensar. Aunque sabía también que no importaba, le tocaba a él mover ficha y solo cabía esperar.

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Un fuerte ruido me alcanzó por la espalda, era lejano pero firme. Como si se hubiera accionado un mecanismo, me fue casi imposible identificar mis sensaciones y aún menos el origen de aquello. Antes de que me diera cuenta se volvió a oír, ahora más cercano y amenazante. Asomé la mirada por encima de mi hombro a la vez que se escuchaba un tercero, y luego otro… y otro… y otro…
Las luces se apagaban, una tras otra, desde el fondo del pasillo, inescrutable para mí. Cada vez más rápido y cada vez más cerca. Mi nerviosismo crecía conforme se acercaban los apagones, y me entró el pánico. Eché a correr desesperado, no entendía porqué, pero sentí la necesidad de huir de esa nueva oscuridad. Corría y corría con todas mis fuerzas, pero era inútil, me estaba alcanzado a un ritmo imposible de seguir. No quería volver a estar a oscuras… no…
Cuando ya todo esfuerzo parecía vano, vi a lo lejos, a la izquierda, una puerta blanca casi camuflada en el blanco de la pared. Entré sin dudar.
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La puerta se cerró tras de mí, ocultándose entre el resto de la pared negra. De repente, un haz de luz pasó sobre mi cabeza y fue a parar a una tela blanca al otro extremo de la estancia. Era una pequeña y cutre sala de cine, las imágenes ya se mostraban. Una alegre familia paseaba por un parque; verde, amplio y lleno de vida… se veían felices, cogidos de la mano. Estaba confundido, el contraste de colores me inquietaba, tan acostumbrado a su ausencia. Me quedé pensativo mirando cada detalle, cada gesto y todas sus sonrisas. También me sorprendió el hecho de que no despertaba nada en mí. Me pareció lejano, frío e incluso idiota. Como si no fuera conmigo. Quizá sencillamente no estaba dirigido a mí, pero quienquiera que montara esto no habría cometido tal descuido, no.
Un fuerte chasquido me hizo volver en mí, la sala entera se iluminó y el silencio siguiente invitaba a salir de allí. Lo hice, o eso creí.
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Esperaba volver al pasillo, no sabía si blanco o negro, iluminado o a oscuras. Pero, no podía ser de otra forma, había cambiado. Me encontré de nuevo en una sala de cine y todo actuó de la misma forma… Se veía una casa, al parecer una de las habitaciones. Un hombre y una mujer discutían enérgicamente, gritaban, gesticulaban e incluso forcejeaban. Se incriminaban el uno al otro por algún motivo que no importaba ni me interesaba.
No le di importancia.
Esperé a que terminara, sin apenas mirar. Salí por la puerta y entré en la siguiente sala.
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Las salas se sucedían una tras otra. Una gran maratón cinematográfica convertida en una espiral de dolor y un sinsentido de violencia gratuita. Si bien la primera filmación era algo agradable, las siguientes siguieron una progresión indefinida de perversión y destrucción. Cada puerta que cruzaba, cada sala que visitaba, era como bajar un escalón hacia la realidad humana. Violencia. Cada vez más agresivo.
Las palizas se convirtieron en asesinatos, y éstos en torturas despiadadas y mutilaciones de toda clase. Me sorprendí admirando los charcos de sangre y las salpicaduras que aparecían en la lente. Tan real… Podía incluso escuchar con claridad el chasquido de las cervicales de aquel desdichado personaje decapitado a guadaña.
Y, al final…
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Se acabó el cine. Tal vez pensó en pasar a algo más tangible.
En la última sala, aunque esto no lo supe, el ritual siguió de la misma manera. Se apagaron las luces, y un haz de luz cruzó la habitación negra e insonorizada. Pero esta vez la luz venía de diferentes puntos, focos que apuntaban al centro del lienzo solamente para mostrar, con todo un juego de sombras y brillos su obra. Colgado del techo, una figura humana. Un pequeño espacio quedaba entre el tronco y cada extremidad y la cabeza, por lo que había al menos una docena de cuerdas que descendían del techo. El toque final era unas grandes alas de ángel pintadas violentamente en la tela blanca. Daba el efecto de que el cadáver estuviera volando hacia el cielo, en movimiento pero estático.
Aquello me pudo completamente, me desbordaba. Vomité. Busqué a ciegas la puerta y salí de allí. Y todo fue negro de nuevo.

