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Recuerdo tumbarme en cualquier suelo, en cualquier tierra y contemplar en silencio el cielo. Miraba con tranquilidad la quietud de las constelaciones y sus estrellas. Era tan relajante, y yo tan familiar a ellas, que sentía que podía verlas fuera cual fuera la situación. Recuerdo mirar las estrellas ocultas tras las nubes, oscuras o blancas, asomándose tras montañas, tras los edificios y a través de la sofocante luz del sol.
Las imaginaba desatarse de las cadenas que las anclan al firmamento y correr libres, mirando aquí y allá. Imaginaba la mirada de las estrellas como miles de ojos azulados rebosantes de curiosidad y consuelo.
Ahora todo es diferente, les he fallado. Ya no miro las estrellas.

Después de tanto tiempo, pretendí recuperarlas. Pero ya no estaban ahí para mí. Nunca quise poseerlas, pero en cierta manera se entregaron a mí… no les reprocho nada. Fui yo quien cambió de mirada, una mirada infantil por un punzón oxidado. Di la vuelta hacia otros asuntos y me sostuve en clavos ardiendo, construyendo castillos en el aire. Lógica caída al mundo real.
He vuelto a mirar hacia arriba, pero es tan distinto… Cada una mira en su dirección, desde su correspondiente punto, el que siempre les perteneció. Ya no vuelven la vista a la mía. En cierta manera como debía ser pero no como solía serlo. No puedo evitar entristecerme.
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Mirando de reojo hacia ningún sitio suplico a la Luna que me perdone aun sabiendo que no lo merezco. Le prometo que no volveré la vista atrás, pues si ellas deciden vengarse de mí, no deseo ver su enfado.
Quiero recordarlas como todo lo bueno que un día fui, hasta el momento en que su acero desgarre mis despojos.

