miércoles, 14 de septiembre de 2011

Condena


Hubo un tiempo en el que todo parecía tener solución, todo tenía un propósito y una razón de ser. Debía ser entendido. Tras todas aquellas palabras y acciones habían unas ideas, un carácter y una manera de pensar. Todo aquello que podría hacer propio y actuar en consecuencia. No puedo permitirme el pensar que era por egoísmo o manipulación, sino por propia supervivencia. Atrapado en las artimañas inconscientes de los demás, atrapado en ideas absurdas e incoherentes que poco o nada podían ser aplicadas a otros que no fueran sus dueños. Demasiado concreto, demasiado particular, demasiado por descubrir.

Había un tiempo en el que quise comprender todo aquello, todas esas motivaciones. No todas, alguna. Quizá las mínimas directrices de cada persona, ¿importante? Ya habría tiempo para decidir eso... La única meta a alcanzar, por el momento, era recoger; recoger todas y cada una de esas plausibles posibilidades de ideas que podían ser la fuente de la realidad que se formaba a mi alrededor. Sí, del palabrerío insustancial.

Y quizá ese haya sido el problema. Insustanciales palabras.

Llegué a comprender que prácticamente nadie, salvo contadas excepciones, es dueño de sí mismo, de su mente y de sus hilos. Marionetas de una ideología tan predefinida a trozos que bien podrían ser parte de un programa. ¿Predecibles? Tampoco quería insinuar eso.

Contadas excepciones que, ahora, me resultan indescifrables. Eso debería ser bueno, pero ha resultado ser mi perdición. Mi fuente de eterna meditación y mi fuente de infeliz felicidad, aunque, en verdad, esta no es su excepción del resto. Es como la dimensión inescrutable más allá de todo razonamiento, la manera REAL de pensar.

Y eso no me atrevo a explorarlo de nuevo, no esa sangre de nuevo, no otra vez aquí fuera.