lunes, 21 de noviembre de 2011

Interior


A veces uno se da cuenta de su propia realidad como quien susurra a su mascota palabras sin sentido. Suenan campanas a lo lejos en una comprensión tan lejana como la propia mente de su cuerpo. Solamente así. Al principio son como ecos de una antigua batalla, alaridos imperceptibles jamás atendidos. Llamadas de socorro como bromas entre amigos. Buena cerveza, ¿eh?

Llega un momento en que los ecos ya no tienen montañas ni valles, no se necesitan. Cobran fuerza o algo así. De repente siempre estuvieron allí y la sorpresa más ridícula se tiñe de sonrisa al quebrar los recuerdos. De repente y a la vez no, nunca sería así. No podría parecerlo. Es en ese preciso momento en que se siente la perdición, en que los ojos arden y la boca se cose con alambre de espino. No es luz de verdad sino fuego de mentiras. Mentiras al aire, mentiras más vivas.

Y el aire se vuelve irrespirable cuando cada bocanada sabe a muerte. Cuando el aire compartido se convierte en aguas residuales que bañan a todo el mundo. Cuando en cada rincón aparece "esa" juguetona sonriente sombra y se siente la pertenencia. Poseído por los pensamientos que nunca se creyeron propios y que no conocen más amo. No conocen amo.

La espiral comienza a girar, los carriles chirrían y nada importa. El aire no importa, es de ellos. El cuerpo no importa, es material. Las vías no importan, no son reales. La vida no importa...

Y, de repente, no hay más real que la propia depresión sin freno.

Nada...