A veces uno se da cuenta de su propia
realidad como quien susurra a su mascota palabras sin sentido. Suenan
campanas a lo lejos en una comprensión tan lejana como la propia
mente de su cuerpo. Solamente así. Al principio son como ecos de una
antigua batalla, alaridos imperceptibles jamás atendidos. Llamadas
de socorro como bromas entre amigos. Buena cerveza, ¿eh?
Llega un momento en que los ecos ya no
tienen montañas ni valles, no se necesitan. Cobran fuerza o algo
así. De repente siempre estuvieron allí y la sorpresa más ridícula
se tiñe de sonrisa al quebrar los recuerdos. De repente y a la vez
no, nunca sería así. No podría parecerlo. Es en ese preciso
momento en que se siente la perdición, en que los ojos arden y la
boca se cose con alambre de espino. No es luz de verdad sino fuego de
mentiras. Mentiras al aire, mentiras más vivas.
Y el aire se vuelve irrespirable cuando
cada bocanada sabe a muerte. Cuando el aire compartido se convierte
en aguas residuales que bañan a todo el mundo. Cuando en cada rincón
aparece "esa" juguetona sonriente sombra y se siente la
pertenencia. Poseído por los pensamientos que nunca se creyeron
propios y que no conocen más amo. No conocen amo.
La espiral comienza a girar, los
carriles chirrían y nada importa. El aire no importa, es de ellos.
El cuerpo no importa, es material. Las vías no importan, no son
reales. La vida no importa...
Y, de repente, no hay más real que la
propia depresión sin freno.
Nada...

