Mi músculos no respondían y estaba en una especie de shock emocional. Llegué a pensar que estaba condenado a vivir en sueños, y no iba mal encaminado. Debía levantarme, debía hacer algo, rápido. Me obligué a abrir los ojos, me obligué a vivir, apartar los malos pensamientos de mi cabeza e intentar salir de allí.
Abrí los ojos, empecé a enfocar lo que supuse que era un charco. Agua de lluvia manchada de rojo. Había dejado de llover y un leve rayo de sol asomó entre las espesas nubes aún oscuras. Ignorando el punzante dolor de todas y cada una de mis extremidades me levanté pesadamente. A mi alrededor no había nadie, como la primera noche que pasé en esta ciudad, lo único real eran los edificios y el hormigón.
Sumido en este trance me di cuenta de que tenía algo en la mano, un libro. Estaba forrado de cuero negro, sin título… y tampoco tenía nada escrito, salvo un par de párrafos escritos con mi propia letra. Comencé a leerlo con impaciencia y un creciente nerviosismo.
“Día 3,
No entiendo nada, no sé qué más hacer. Este lugar no tiene salida. No hay a quien preguntar ni lugar donde refugiarme, solamente llueve y llueve y llueve… No sé si son días o semanas o torturas las que he pasado así… no hay sol que me caliente, ni estrellas que me guíen. Solamente el desamparo de las nubes de tormenta que acechan mi tranquilidad. Acuchillan y desgarran, mi ánimo muere con cada descarga de lluvia. Estoy atrapado y no sé por dónde salir.”
No recordaba haber escrito eso. Ni siquiera sabía escribir así. Y, sin embargo, tenía la certeza de que eran mis palabras. Esas líneas despertaron en mí las mismas emociones con las que fueron escritas. Los siguientes párrafos de aquel diario eran muy similares y no me detuve a leerlo todo, ni tenía ganas, ni ánimo… y tampoco me atrevía. Guardé el libro y me dispuse a intentar sobrevivir como fuera.
.......................
Recuerdo aquel día, ahora lejano, en que encontré el diario. Nada ha cambiado desde entonces. Sigo deambulando por estas calles infinitas y monótonas. Donde la vida brilla por su ausencia, y es lo único que puede brillar. Mentira…
Algo era diferente, habían vuelto los fantasmas. Veía gente por la calle, aquella misma gente que se reía de mí en mi primera noche en la ciudad. Fantasmas ajenos a todo salvo a sí mismos, y yo era uno más, ajeno al resto de habitantes sin rostro. Aquellas risas que una vez me torturaron eran ahora un escudo en mi mente, un escudo retorcido y estúpido. Eran mis risas las que combatían las suyas y no mi sangre. Eran mis risas las que ahora me mataban y eran mis risas las que no conseguía evitar. Un fantasma más.
Y eso quería ser. Nadie. Una pieza más de un puzzle infinito por las calles muertas de una ciudad inventada. Riéndome a carcajadas de mi desgracia, ignorando así las de los demás, mi dolor es mío y sólo yo me lo provocaré. Estaba dispuesto a hacerlo, borraría mi cara a los ojos vacíos de mis fantasmas, como ellos.

.......................
Pasé un tiempo diseñando y fabricando mi máscara, una máscara blanca y sin rostro como las que todos tenían. Conseguí un poco de cartón y otro poco de cola y me fabriqué con prisa una máscara digna de un profesional.
Quise detenerme unos instantes frente a un espejo para despedirme de mí y de mis emociones. Repasé con la mirada cada uno de mis rasgos y expresiones, agrupándolas todas para borrarlas definitivamente en un acto de puro genocidio. Sostuve mi pequeña creación con ambas manos y me la llevé poco a poco, pero con decisión, hacia mi cara. Lo que sentí al tocar aquel cartón… las palabras no pueden… y los gritos tampoco.
Sentí como si millones de agujas penetraran por cada poro de mi piel, aferrando la máscara a mi cabeza. Un dolor indescriptible y simplemente fuera de toda escala racional me impulsaba a quitarme aquello, pero me obligué a no hacerlo, me concentré en asumir que aquellas goteras de sangre que brotaban de los límites de la careta serían las últimas.
.......................
No todo es eterno. Nada prevalece ni nada sobrevive. Ni siquiera el dolor. Pero mi fortaleza y mi autoconvencimiento murieron mucho antes y sentía la urgente necesidad de huir del dolor, no quería más, no podía más. Mi mente se descomponía en miles y miles de trozos, explotando todos por culpa del dolor. Agujas en mi rostro que devolvían mis risas multiplicadas y amplificadas, clavándose más y más a cada segundo que osara aguantar. Sangrando, muriendo, enloqueciendo…
¿Porqué no cesaba? ¿Qué era aquello? Intenté quitarme aquel aparato de tortura que yo mismo diseñé. Pero me sorprendió la manera en que no podía deshacerme de él. El sufrimiento era inhumano, pero ya formaba parte de mí. Lo sabía… pero la idea me aterraba…
La única manera de escapar… por fin cobró sentido. Sufrí la muerte en vida, y ahora debía vivir la muerte. Odié aquellas palabras casi tanto como me odié a mi mismo por recordarlas. Siempre lo supe, desde que me hablara aquel hombre al oído, que la única manera…
.......................
“Último día,
…”
Las últimas palabras, fueron sangre.


Wow...
ResponderEliminarEnserio me he quedado completamente sin palabras con este texto.
Si intentara añadir o comentar algo quedaría demasiado forzado o absurdo, así que sabiendo que las palabras no pueden expresarlo todo...
Me despido con mi mas pura y sincera muestra de asombro.