jueves, 20 de diciembre de 2012

Equinoccio de ciudad

Suena el despertador. Abre los ojos con desgana, el salto a la vigilia le resulta desagradable, pero los abre. Sigue sonando. Hay que apagarlo, dicen, no vayamos a molestar. A él le molesta, lo apaga. El silencio, de nuevo, inunda su cama. Saca una pierna de la cama y tantea el suelo con la punta de los dedos, está frío, pero no le importa. Tras unos instantes inútiles decide levantarse del todo. Sería inútil lavarse la cara, mejor café. Ojea el periódico con desgana, nada nuevo. Desgana. Los cafés deberían ser tamaño descomunal, mejor no. Dicen. Se queda unos segundos mirando el poso al fondo de la taza, escuchando su silencio, escuchando el tráfico matutino. El futuro es el de siempre, el mismo pasado, el mismo ayer y el mismo ahora. "No pienso fregar ahora". Rasga la cara de algún político o banquero impreso en varias hojas, arruga las tiras y las deja en un montoncito al lado.

Hoy está nublado. No mucho, suficiente para que no molesten los rayos del sol que se escurren por entre los edificios. Se imagina que éstos son como árboles sin hojas ni ramas, todo tronco, grueso hasta lo grotesco e industrialmente cuadrados. Se alzan a su alrededor, con todas esas ardillas con ropa de un lado para otro, corriendo por el suelo como hormiguitas en fila, dispuestos a ganarse el almuerzo. Se imagina el Sol, luchando contra los ventanales y el suelo asfaltado, como si la hojarasca ya hubiera sucumbido a su poder. Le refleja en los ojos y aparta rápidamente la vista del exterior, con temor y dolor por sus ojos, "¿y si...?", aparta esa idea, "no es plan de quedarse ciego hoy". Sería demasiado inusual, ¿saldría en los periódicos? Deduce que no, abandona la idea.

Sin rumbo, se une al tren de peatones que inunda su acera. Sigue la corriente, poco importa que no haya alternativa, no hay rincón que se salve del arrastre colectivo. Tuerce a la izquierda, otra vez, sigue recto unos metros, tan sólo sigue al de delante, ahora a la derecha, o eso cree. Y tras unos minutos que considera innecesario contar, se encuentra de nuevo frente a su número, y para. El de delante no, ni el de detrás, ni el de su lado. "Ahora es el de detrás", piensa, y ríe sin sentirlo. Mira a su fachada y poco reconoce de ella que no haya visto en el trayecto. Tampoco le extraña, ¿qué iba a hacerlo? ¿Y qué más da estar en el mismo sitio cuando las diferencias entre lugares se cuentan con números clavados sobre el portal acristalado? Reconoce a alguien frente a él, de hace unos minutos. No se le hace difícil pensar que volvería a verlo si continuaba suficiente tiempo allí plantado, "como un brote de malas hierbas", se atreve a dibujar.

Como una nota al margen, explica el contexto. Sin más que placas minúsculas se demuestra individualidad. Y sus peones nada pueden hacer para cambiarlo, buscan su lugar, en un lugar homogéneo de cifras vacías. Es normal dar vueltas. "Vomitiva normalidad." Pega un portazo a su mente, y gira la vista a través de la calzada. La luz le devuelve la misma visión de siempre, fachada. Se da cuenta, aunque no ahora, de algo que ya sabía. No es saber, sino conocer. Como aquel recuerdo que se tiene de niño, que siempre ha estado ahí, pero un día, sin venir a cuento de nada, aparece como para recordarte lo inútil que fue tal o cual situación. Recordar que estuvo. Y recuerda que es copia calcada del resto.

"Si al menos estuviera pintada..." Se repugna. Es culpa suya. Culpa de todos. Por no pintar las calles de diferencia, la diferencia nunca aparece, y si nunca aparece... La cabeza le ha jugado una de las buenas, ha de sentarse. Una imagen fugaz recorre y traspasa su pared de pensamiento y espera que nadie tenga la osadía ni la falsa caridad de echarle una moneda. Ríe para sí.

Todos tienen culpa y causa, y consecuencia, de ser círculo vicioso. "¡Ay, el vicio!" Otra cosa, portazo. Y se culpa por no haber sido él pintor de brocha gorda, de pincel fino o pluma desgarbada. Por no empotrar su coche o cráneo contra el hormigón, de pasar junto a él sin mirar su desnudez, de cráneo y hormigón, claro. Y como él, mil. Se pregunta vagamente si habría alguien más sentado en el suelo, como caricatura de su posición, en alguna parte del bosque de prismas medidos al milímetro. Si, quizá, se pregunta porqué. Si, quizá, estará decorando su cara, su fachada, con lienzos o líneas finas. Si, quizá, está empotrando su coche contra el vecino, o su cráneo contra un libro.

Si... quizá... fuera él.

sábado, 13 de octubre de 2012

Nota al margen de una noche

Muchos pasos son necesarios para darse cuenta, mínima e ínfimamente, de las sutilezas que puede albergar la incesante discusión (¡y definición!) de lo que tal persona pudiera creer, pensar, crear, defender... atacar... sentir.

Tantos pasos son necesarios para recorrer no sólo un camino, que pudieras considerar propio (¿si?), si no esos atajos que aparecen entusiasmados consigo mismos en ser paseados. Por esos caminos en los que ningún personaje adulto quisiera adentrarse, en los que sólo una inquieta mente juguetona y curiosa como la inocente pudiera perderse.

Es curioso, a veces, el error. Es curiosa la decadencia a la que, irremediablemente, tiende el imbécil despierto a destruir su propia identidad por querer (necesitar) el reflejo de sus propios demonios. Sí, quiere confrontación, pero es cobarde.
Muchos pasos son necesarios para querer sin necesitar la propia fútil destrucción.

martes, 6 de marzo de 2012

Aquellos antiguos tópicos


Aquella noche pareció todo un poco más tranquilo. Extrañamente tranquilo. Por experiencia pasada, en ocasiones olvidada, no era bueno. Brotaban frases sin sentido en una hoja que no le pertenecía. Atento espectador de marcos sin retrato. Atento espectador de cine que espera no ser asesinado en la sala por las imágenes suicidas. Maniático. Excéntrico devorador de ideas absurdas, de ideas posibles en ninguna coherencia. Posibles.

¿Te sorprende, muchacho, que la historia se repita? ¿Te sorprende que lo sospecharas? Ingenuo cabrón. Pretendiste aventurarte en emocionantes películas y nunca fuiste buen guionista. Cómete con tu propia sangre esas mentiras, ya que tienes el cuchillo en la mano. No tiembles, deja una cicatriz fea. No, no te mires la rodilla. Siempre me gustó.

Solloza recuerdos y visiones a fuego. Se pregunta porqué ahora. Se cuestiona. Cuestiona lo que no debe. Calla lo que quiere. Y dice lo insoportable. El corazón se le agita por un 'te quiero', y los suyos nada valen ya. Hablar de amor es sumirse en el más llano rasgo de una humanidad decadente, por ser optimista. Completa repulsa a la concepción. ¿Qué cree que hace? ¿Qué demonios es eso? Ni siquiera sabe lo que es el odio. Llama a eso chiquillada.

A pasos agigantados se prevé la discordancia de una vida abocada al desorden. A lo lejos podría quedar el tumulto de praderas construidas sobre bloques prefabricados de sentimientos ajenos. Sentimientos degenerados por el paso del tiempo. No pertenecen. Son compartidos y repartidos. Ya no existe un sólo sentimiento o pasión sin destrozar, como buitres sobre el cadáver del poeta. Como famélicos seres en busca del olor a... ¿qué? Ya no se busca. Sólo queda el suicidio premeditado y consensuado de la originalidad.

Al fin y al cabo, ¿qué importa?

Jamás otras preguntas serán importantes. La mente se vuelve el desagüe al que tiende todo orden, y con ello se lleva a todos por igual en distinta dirección. Siempre habrá hundidos bajo triunfadores. Siempre habrá personas bajo máscaras. Siempre las máscaras prevalecerán en rostros sin expresión. No hay careta genuínamente disonante, no hay rostro sin genuina sonrisa.