Suena el despertador. Abre los ojos con
desgana, el salto a la vigilia le resulta desagradable, pero los
abre. Sigue sonando. Hay que apagarlo, dicen, no vayamos a molestar.
A él le molesta, lo apaga. El silencio, de nuevo, inunda su cama.
Saca una pierna de la cama y tantea el suelo con la punta de los
dedos, está frío, pero no le importa. Tras unos instantes inútiles
decide levantarse del todo. Sería inútil lavarse la cara, mejor
café. Ojea el periódico con desgana, nada nuevo. Desgana. Los cafés
deberían ser tamaño descomunal, mejor no. Dicen. Se queda unos
segundos mirando el poso al fondo de la taza, escuchando su silencio,
escuchando el tráfico matutino. El futuro es el de siempre, el mismo
pasado, el mismo ayer y el mismo ahora. "No pienso fregar
ahora". Rasga la cara de algún político o banquero impreso
en varias hojas, arruga las tiras y las deja en un montoncito al
lado.
Hoy está nublado. No mucho, suficiente
para que no molesten los rayos del sol que se escurren por entre los
edificios. Se imagina que éstos son como árboles sin hojas ni
ramas, todo tronco, grueso hasta lo grotesco e industrialmente
cuadrados. Se alzan a su alrededor, con todas esas ardillas con ropa
de un lado para otro, corriendo por el suelo como hormiguitas en
fila, dispuestos a ganarse el almuerzo. Se imagina el Sol, luchando
contra los ventanales y el suelo asfaltado, como si la hojarasca ya
hubiera sucumbido a su poder. Le refleja en los ojos y aparta
rápidamente la vista del exterior, con temor y dolor por sus ojos,
"¿y si...?", aparta esa idea, "no es plan
de quedarse ciego hoy". Sería demasiado inusual, ¿saldría
en los periódicos? Deduce que no, abandona la idea.
Sin rumbo, se une al tren de peatones
que inunda su acera. Sigue la corriente, poco importa que no haya
alternativa, no hay rincón que se salve del arrastre colectivo.
Tuerce a la izquierda, otra vez, sigue recto unos metros, tan sólo
sigue al de delante, ahora a la derecha, o eso cree. Y tras unos
minutos que considera innecesario contar, se encuentra de nuevo
frente a su número, y para. El de delante no, ni el de detrás, ni
el de su lado. "Ahora es el de detrás", piensa, y
ríe sin sentirlo. Mira a su fachada y poco reconoce de ella que no
haya visto en el trayecto. Tampoco le extraña, ¿qué iba a hacerlo?
¿Y qué más da estar en el mismo sitio cuando las diferencias entre
lugares se cuentan con números clavados sobre el portal acristalado?
Reconoce a alguien frente a él, de hace unos minutos. No se le hace
difícil pensar que volvería a verlo si continuaba suficiente tiempo
allí plantado, "como un brote de malas hierbas", se
atreve a dibujar.
Como una nota al margen, explica el
contexto. Sin más que placas minúsculas se demuestra
individualidad. Y sus peones nada pueden hacer para cambiarlo, buscan
su lugar, en un lugar homogéneo de cifras vacías. Es normal dar
vueltas. "Vomitiva normalidad." Pega un portazo a su
mente, y gira la vista a través de la calzada. La luz le devuelve la
misma visión de siempre, fachada. Se da cuenta, aunque no ahora, de
algo que ya sabía. No es saber, sino conocer. Como aquel recuerdo
que se tiene de niño, que siempre ha estado ahí, pero un día, sin
venir a cuento de nada, aparece como para recordarte lo inútil que
fue tal o cual situación. Recordar que estuvo. Y recuerda que es
copia calcada del resto.
"Si al menos estuviera
pintada..." Se repugna. Es culpa suya. Culpa de todos. Por
no pintar las calles de diferencia, la diferencia nunca aparece, y si
nunca aparece... La cabeza le ha jugado una de las buenas, ha de
sentarse. Una imagen fugaz recorre y traspasa su pared de pensamiento
y espera que nadie tenga la osadía ni la falsa caridad de echarle
una moneda. Ríe para sí.
Todos tienen culpa y causa, y
consecuencia, de ser círculo vicioso. "¡Ay, el vicio!"
Otra cosa, portazo. Y se culpa por no haber sido él pintor de brocha
gorda, de pincel fino o pluma desgarbada. Por no empotrar su coche o
cráneo contra el hormigón, de pasar junto a él sin mirar su
desnudez, de cráneo y hormigón, claro. Y como él, mil. Se pregunta
vagamente si habría alguien más sentado en el suelo, como
caricatura de su posición, en alguna parte del bosque de prismas
medidos al milímetro. Si, quizá, se pregunta porqué. Si, quizá,
estará decorando su cara, su fachada, con lienzos o líneas finas.
Si, quizá, está empotrando su coche contra el vecino, o su cráneo
contra un libro.
Si... quizá... fuera él.


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