lunes, 7 de diciembre de 2009

Llama al ascensor

Un día más, otro día cualquiera sin nada mejor que hacer que subsistir e ignorar la espiral que dibujo con mis pasos. Nada especial, nada interesante, nada por lo que quisiera seguir con vida. La rutina que yo mismo me he construido me mata mes tras mes, semana tras semana, día tras día. Solamente para intentar olvidarme de mi mierda de vida, la mierda que me llega hasta el cuello y me aprisiona. Pero bueno, hoy igual que ayer, me voy al trabajo...

Cojo mis cosas con desgana y algo de asco, ¿algo? bah... no importa. Cruzo la puerta y echo los cerrojos. El rellano me produce claustrofobia, es oscuro, húmedo y lo único que se puede oír es el correteo de las ratas y algún grito en el piso de arriba. La matará algún día, no ha denunciado y nadie lo hará por ella, no es mi problema. Ya está aquí el ascensor.

No me hace falta alzar la vista para pulsar el botón "B", ha estado en el mismo sitio todos estos años. Clavo la vista en la puerta, viendo como se cierra, ahora estoy en un ataúd de metal colgado a 20 metros del suelo. Vaya mierda, se ha atascado otra vez. Puñetazo al botón y bajamos a la calle. Me gusta escuchar el traqueteo de los raíles, lo odio. Algo empieza en mi cerebro, no quiero pensar pero algo es diferente.

¿Va hoy más lento o es que por fin he perdido la noción de todo? Miro el panel de botones. ¿Qué cojones? ¡ESE BOTÓN NO ESTABA ANTES! No había un botón por debajo del "B", nunca hubo sótano. ¿Qué piso es? ¿Y porqué tiene mi nombre? ¿Qué clase de broma es ésta?

El ascensor para bruscamente y caigo al suelo. Mientras, parece que mi mente despierta del letargo, va muy rápido... otra vez! No quiero eso. Quiero salir de aquí. ¡Devuélveme mi rutina! No puedo salir, nunca hubo alarma. Nunca hubo escapatoria.

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Llevo ya 3 horas encerrado en mi tumba de acero. Mi única compañía es el triste reflejo de un hombre agotado mirándome desde el otro lado del espejo. Y me da asco, es como un extraño que me persigue día y noche. Quiero morir ya... el ambiente está muy cargado, estoy sudando y el cristal del espejo empieza a empañarse.

Me estoy volviendo loco, si todavía no lo estaba. Me parece ver como aparecen letras dibujadas en el vaho. No estoy loco, están ahí, diciéndome la verdad. Cruda realidad de la que quise huir, fugarme de mí mismo. Siempre lo supe y siempre lo ignoré, ahora se me presenta como un puñetazo en la boca del estómago. Me deja sin aliento y empiezo a marearme. Leo una y otra vez la sentencia: "Siempre estuve muerto"

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Consciente de mi situación, revelada en la locura, no espero salir de aquí. No tengo nada allá arriba, nadie me espera, nadie notará el cambio. Aquí abajo estoy mejor, así al menos no haré más daño. No estropearé nada ni amargaré la vida a ninguna otra persona. Yo ya no importo, siempre estuve muerto.

Me quedo aquí en mi pozo de desesperación, en mi ataúd de metal. Esperando que alguien pulse el botón del ascensor que me devuelva al mundo de los vivos.


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