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El espesor de la oscuridad en que me encontraba se difuminaba conforme abría los ojos. Una luz tenue e indecisa me animaba a hacerlo. Aclaré mi vista parpadeando varias veces y enfoqué una alfombra, a lo lejos había una estantería repleta de libros. Me levanté del suelo, miré a mi alrededor y nada me sorprendió.
Era un amplio despacho, de estilo antiguo, típico de alguna persona mayor dedicada a sus libros y a poco más. Las paredes estaban ocultas tras las enormes estanterías y una mesa de caoba se alzaba imponente sobre la extensa alfombra artesana.
Pero no era eso lo que captó mi atención. Un gigantesco sillón se oponía entre la chimenea y yo, con lo que los destellos de las llamas me llegaban lejanos y la sombra abarcaba toda la estancia. Al lado, una mesita sencilla sostenía una copa de licor acaramelado y el humo del puro serpenteaba hacia el techo sensualmente.
Me froté los ojos y me dispuse a acercarme al fuego.

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Un hombre mayor me dio la bienvenida. No habló ni me dirigió la mirada, pero un pequeño gesto con su mano bastó para invitarme. Rodeé el sillón acercándome a la chimenea y esperé contemplando el tranquilo baile que ofrecían las llamas.
No sabía si debía hablar, o si debía esperar, o si arrojarme al fuego era mi única opción. Esto último no me hubiera sorprendido, de alguna manera me había acostumbrado a esas torturas. Por suerte no tuve que decidir yo, el anciano habló con voz tranquila y pausada repitiendo palabras que ya habían sonado en mi cabeza:
-¿No estás mejor ahora?
No, no lo estaba y así se lo hice saber. Estaba mucho mejor en mi casa, en mi pequeña habitación con mis pequeños pensamientos.
-Estabas mejor en tu pequeña habitación, creando tus propias fantasías y pesadillas para luego acurrucarte en un rincón para huir de ellas. ¿Es eso lo que intentas decirme?
-Al menos eran mis pesadillas y no las tuyas.
-¿Y cuál es esa diferencia?- contestó pesadamente y presionando sus sienes.
La pregunta flotó en el aire como una pompa de jabón que esperara explotar. Pero no supe como hacerlo. No conocía la respuesta. Abrí la boca con intención de contestar, pero no conseguí gesticular palabra alguna, estuve pensativo durante un largo rato. El anciano se levantó y se encaró, yo miraba al suelo y él me miraba a mí.
-Sueños o verdad… esa es tu decisión. Pero sabes lo que has visto, lo sé yo y lo saben todos, no quieren aceptarlo pero lo saben. Y, seguramente, en ese rinconcito oscuro de tu habitación también lo entiendes.
Levanté la vista mientras me hablaba, y una lágrima me mojó la cara. Las imágenes se sucedían vertiginosamente una tras otra en mi mente. Sentí aversión y, quizá, una ligera comprensión. Ambas sensaciones me resultaban familiares, al igual que la desesperación que las acompañaba como un perro fiel.
Sucio y despreciable perro. Ansioso por comprender sin entender, ansioso por huir sin afrontar, ansioso por morir sin haber vivido. Imbécil arrogante, maldito manipulador.
El anciano me tocó el hombro con suavidad, noté pesadamente su mano y creí perder todas las fuerzas. Una vez más creí oír “esa” voz hablándome suavemente al oído:
“Ya está bien, todo ha pasado. Tus pesadillas son tuyas. Ve. Sé el perro que tanto odias y ódiate por todo. Todo ha pasado”
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El sonido del despertador taladraba mi cabeza mientras retomaba la consciencia. Estuvo casi un largo minuto sonando hasta que pude estirar el brazo y apagarlo de un golpe. La cabeza me ardía y los ojos me escocían a causa del sol, debía ser tarde.
Estaba despierto. En casa. En mi casa. Vagamente recordaba nada, era un sueño más. Todo había pasado. Una pesadilla.
En seguida me enganché a mi monótona rutina: clase, estudio, amigos… De vez en cuando tenía visiones, recuerdos de la pesadilla –o pesadillas, era confuso-. La jaqueca aún me duró unos días, los flashes fueron disminuyendo y todo volvió a la normalidad.
Absolutamente todo.
El malestar no tardó en aparecer y temía volver a tener pesadillas. No quería volver, por nada del mundo. El rincón oscuro volvía a crecer conforme el sol se ponía y mis sombras de sospecha y paranoia ocupaban su lugar habitual. Comentarios fuera de lugar, miradas envenenadas. Todo mío, todo fuera. Yo siempre fuera de mí, siempre fuera de todo. Ves y olvidas, mueres en silencio, ignoras las voces que te llaman porque yo no estoy loco. Cuando, en realidad, es al revés…
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Sumido de nuevo en mí, me tapé con las sábanas para dormir. Suplicaba para mis adentros piedad, a la vez que me repetía: “Todo ha pasado, todo ha pasado…”
Volví a escuchar la frase, no provenía de mi boca y tampoco era mi imaginación. Giré la cabeza alarmado hacia la puerta de mi habitación. Una niña me miraba escondida tras el marco de la puerta. Su vestido rojo ondeaba tímidamente junto a ella, repitió mi frase y me contestó a la vez que salía corriendo.
“¿Seguro?”


¿En una palabra?
ResponderEliminarInquietante.
¿En varias?
Bien, diría que impresionante, escalofríante, incluso filosófico. Realmente creo que este texto es digno de ser la "última parte" por su capacidad de reflexionar por sí mismo.
Es como si al leerlo adquiriera vida propia mostrándote solo lo que te quiere mostrar y llevándote por sus entrañas hasta el punto de hacerte casi imposible evitar las distintas reflexiones que propone no directamente al lector, sino al protagonista.
Tengo que ser sincera cuando digo que al terminar de leerlo me he quedado un largo rato como ausente mirando la pantalla del ordenador.
Créeme, no exagero.
(Aunque sé que me dirás que soy una loca bohemia por haber escrito esto =P )