Ocurre que a
veces, en cierto momento de debilidad casi premeditada, en cierto momento de
lucidez indebida, cabizbaja y moribunda; a veces ocurre que eres idiota.
¿Lo soy? No veo
porqué no. ¿Ser consciente del error cuenta como idiota, pese a haber vivido la
mentira inconscientemente auto-impuesta durante incontables noches de rechazo?
Quizá no es el enfoque adecuado.
Siempre ha
ocurrido así, en tardes sin música (o quizá demasiada), en las que una palabra
fuera de sitio o perfectamente colocada consigue penetrar el velo de la plana
inconsciencia a la que inevitablemente se aboca la falta de soledad.
Si la duda no
entra, le abro la puerta, me arranco el pecho y me desmonto por ella. Quizá a
veces el error no es solamente no cambiar las ideas de sitio, sino no
cambiarlas por otras, pero la mera idea resulta paradójica cuando éstas son ya
los cimientos de todo lo que fuera a venir. Suele pasar que las paradojas se
acumulan sin rabia ni contradicción, sin acción ni desvelo; agazapadas para
saltar al cuello del pobre infeliz que ose no haberlas escuchado antes de
cumplir su mera existencia. Y, así, curiosamente, es como la locura de no
creerse la mentira se vuelve la única cordura. Ser el loco tenía y tendrá, pero
no tiene sentido.
La previsión de
la paranoia. Destruir la falsa fortaleza y armarse de deshechos. Mis deshechos.
De tantos golpes, de tantos errores de cálculo. No tantos, quizá suficientes,
pero aunque fuera tan sólo uno, demasiados.
Haré un traje de
harapos para atender a los intrusos. Mi traje de gala, mi absurda honestidad.
De puertas afuera: magia, trucos y chisteras. Sobretodo chisteras.


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