lunes, 28 de abril de 2014

Sonado

¿Dónde estarás cuando la música te secuestre? ¿Dónde olisqueará tus pasos malditos por los que muebles y paredes has querido emborronar? Donde quiera que estés, el club de los malditos que somos nosotros nunca deja de atarse a la terrible música que atormenta a los trastornados. Quizá sólo es locura momentánea, que por tres o cinco líneas ha querido dibujar y le salió grito.

Que no hay más nota disonante que la del gentío, agazapado con los oídos tapados y dientes de sable. Ignorantes del silencio. Del turbulento malestar un domingo de sobriedad. Y quizá, sólo quizá, pueda intentar hacerme más daño que los que proclaman su insulsa propiedad de sinrazón. Perdón, controlémonos.

Fue un lunes por la tarde, y a la mierda los tópicos. ¡Como si importara! ¡Como si le importara! ¿Cómo, si me importara? ¿Cómo, si quisiera? Como no quise, ni pedirlo ni evitarlo, aquí tarareo, nota arriba, nota abajo, una letra que no recuerdo, un sentido no desarrollado, un malestar no consumado. Un amor inexistente.

Este primer amor que te revuelve las tripas, te desgarra de la razón y te devuelve al mundo hecho un guiñapo, echándote de casa, que te busques la vida. Nuestro pequeño secreto, cada cuando te dé la gana. Odiosa. Mentirosa. Traidora.

Por las musas sin autor. Por las notas violadas. Por los tontos esbozos de desvarío.

Y en estos momentos, aquellos y cualquiera en que todo aquello que llamaron realidad se disipa entre cuentos y los “necesito medicación”, entonces somos. Pero nunca, y esa es la putada. La patada en la boca. Las discusiones en la calle y muertes potenciales. Exagero. Pero por lo bajo.

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