¿Dónde estarás cuando la música te secuestre? ¿Dónde
olisqueará tus pasos malditos por los que muebles y paredes has querido
emborronar? Donde quiera que estés, el club de los malditos que somos nosotros
nunca deja de atarse a la terrible música que atormenta a los trastornados.
Quizá sólo es locura momentánea, que por tres o cinco líneas ha querido dibujar
y le salió grito.
Que no hay más nota disonante que la del gentío, agazapado
con los oídos tapados y dientes de sable. Ignorantes del silencio. Del
turbulento malestar un domingo de sobriedad. Y quizá, sólo quizá, pueda
intentar hacerme más daño que los que proclaman su insulsa propiedad de
sinrazón. Perdón, controlémonos.
Fue un lunes por la tarde, y a la mierda los tópicos. ¡Como
si importara! ¡Como si le importara! ¿Cómo, si me importara? ¿Cómo, si
quisiera? Como no quise, ni pedirlo ni evitarlo, aquí tarareo, nota arriba,
nota abajo, una letra que no recuerdo, un sentido no desarrollado, un malestar
no consumado. Un amor inexistente.
Este primer amor que te revuelve las tripas, te desgarra de
la razón y te devuelve al mundo hecho un guiñapo, echándote de casa, que te
busques la vida. Nuestro pequeño secreto, cada cuando te dé la gana. Odiosa.
Mentirosa. Traidora.
Por las musas sin autor. Por las notas violadas. Por los
tontos esbozos de desvarío.
Y en estos momentos, aquellos y cualquiera en que todo
aquello que llamaron realidad se disipa entre cuentos y los “necesito
medicación”, entonces somos. Pero nunca, y esa es la putada. La patada en la
boca. Las discusiones en la calle y muertes potenciales. Exagero. Pero por lo
bajo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario