martes, 16 de noviembre de 2010

Mirada Celeste

Creo que he perdido las buenas costumbres. Sigo siendo tan estúpido que me quedo con lo malo y desecho lo importante, mi espacio, mi aire. Siento que pierdo parte de mí con cada paso y ni siquiera me acuerdo de volver la vista atrás. Sigo adelante y me alejo de todo, de lo que fui, de lo que soy… voy camino a algo, si cabe, más extraño. Igualmente cambiante, idénticamente ambiguo. Perdí mi apoyo en lo real pero no recuerdo cuando ni donde.

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Recuerdo tumbarme en cualquier suelo, en cualquier tierra y contemplar en silencio el cielo. Miraba con tranquilidad la quietud de las constelaciones y sus estrellas. Era tan relajante, y yo tan familiar a ellas, que sentía que podía verlas fuera cual fuera la situación. Recuerdo mirar las estrellas ocultas tras las nubes, oscuras o blancas, asomándose tras montañas, tras los edificios y a través de la sofocante luz del sol.

Las imaginaba desatarse de las cadenas que las anclan al firmamento y correr libres, mirando aquí y allá. Imaginaba la mirada de las estrellas como miles de ojos azulados rebosantes de curiosidad y consuelo.

Ahora todo es diferente, les he fallado. Ya no miro las estrellas.



Después de tanto tiempo, pretendí recuperarlas. Pero ya no estaban ahí para mí. Nunca quise poseerlas, pero en cierta manera se entregaron a mí… no les reprocho nada. Fui yo quien cambió de mirada, una mirada infantil por un punzón oxidado. Di la vuelta hacia otros asuntos y me sostuve en clavos ardiendo, construyendo castillos en el aire. Lógica caída al mundo real.

He vuelto a mirar hacia arriba, pero es tan distinto… Cada una mira en su dirección, desde su correspondiente punto, el que siempre les perteneció. Ya no vuelven la vista a la mía. En cierta manera como debía ser pero no como solía serlo. No puedo evitar entristecerme.

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Mirando de reojo hacia ningún sitio suplico a la Luna que me perdone aun sabiendo que no lo merezco. Le prometo que no volveré la vista atrás, pues si ellas deciden vengarse de mí, no deseo ver su enfado.

Quiero recordarlas como todo lo bueno que un día fui, hasta el momento en que su acero desgarre mis despojos.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Secretos Guardados

Querido diario:

Te debo una historia. Nunca he escrito un diario, así que me faltan todas. Y de todas esas historias que me quedan por contarte, quizá solo haya una que no conoces. Pero tanto tú como yo sabemos que eso no es así. Es una historia… una historia nada más. Sin más importancia que otras pero con el poder de destruirlas. De haber destruido las siguientes y, sin duda, de ensombrecer las anteriores.

Te lo debo, me lo debo. Ha llegado el momento y no pienso parar, esta vez no.


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Querido diario:

He de aguantar, todo se está calmando y no debo caer. Llevamos meses sumidos en lo más profundo de estos oscuros pensamientos que desgarran y tensan cada fibra de este miserable cuerpo. Lo peor está dicho, el dolor está ya sufrido y nadie quiere sino pasar página. Así es como he empezado el día.

Charla insulsa como siempre, sonrisas y carcajadas frente a la consola. Esta tarde también estoy solo, un poco abandonado entre los amigos, hace recordar pero no molesta.

El río, encauzado, choca contra las rocas y amenaza con desbordarse, pero el camino está trazado y el río quiere seguirlo, seguir su camino y naturalmente escogido. Pero el río es río. Quiso el río volver arriba y sin embargo se encuentra en una cascada, envuelto en la neblina y apenas viendo unos pasos más allá. Y es así como el río quiso subir.

Sin apenas darme cuenta, oí un susurro. Agua o voz, no hay distinción, tiene que hablar conmigo. Confiesa una interesante sospecha, casi teoría conspiratoria, incrimina, duda, desconfía… Asiento con mi mejor cara de póker, sonrío. La noche transcurre sin más.

Hay insectos que se mueven de noche. Hay insectos que crecen en otros animales. Hay insectos venenosos y a menudo mortales. Una idea es como un insecto. Se adueña de mí y toma el control. Dicta cada pensamiento y dirige mi mirada hacia donde interesa. Razón y cuerpo se separan, otra vez, se rompe la unión. ¿Qué unión es esa? Cemento fresco. Y pese a eso, duele aún más, se va llevando pedazos de ladrillos, anclándose en lo más primitivo de mi ser. Y lo desgarra.

Poco a poco va germinando, va tomando forma y poco a poco voy muriendo. Caigo y caigo sin control alguno, río abajo sin bote. He cambiado un hambriento océano por un furioso torrente. Sí, esa es la diferencia.

El día siguiente no promete mejorar. La noche fue larga y tampoco dormí demasiado, me levanté tarde y anduve somnoliento por la casa. Con la dificultad más propia de un cadáver que de un ser vivo resacoso y hundido. Apenas probé bocado y pensé que una ducha me despejaría… al fin y al cabo aún faltaba más de un día.

Entré al cuarto de baño, dejé la ropa limpia a un lado, cerré la puerta y caí bruscamente de rodillas al suelo. Hundí mi cara en mis manos y ahogué un grito agónico. Quise acabar con todo, quise huir para siempre y no volver jamás, quise mojar el suelo con mi alma. Ni siquiera lágrimas quedaban ya… Mi cuerpo abierto se negaba a escucharme, nadie ya me escuchaba… y yo menos. Asomé el metal por mi muñeca y todo dio vueltas, una vez… y otra… y otra…

Acurrucado en la ducha, tiritando y gimiendo como un niño al que han castigado. Mi razón quería escapar de este cuerpo… En cambio, permanece clavada detrás de mi renovada máscara recordándome que sigue ahí, para no permitirme olvidar el dolor y recordármelo en momentos como este. La más dura de las ironías. Mis malos pensamientos siempre me vuelven, duelen más de una vez. Todo se puede dejar a un lado, ponerte tu mejor ropa de fiesta y salir a divertirse olvidando los periódicos pinchazos de realidad en cada poro de mi piel.

De esta manera, atrapado en mí, voy camino de este domingo. Encarado ciegamente a escribir las palabras más simples y más duras de las que jamás me haya arrepentido tanto de pensar.

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Sí que pude volver a hacerlo…

miércoles, 25 de agosto de 2010

Contando pesadillas (última, Parte VII) - Sueños

“¿No estás mejor ahora?”

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El espesor de la oscuridad en que me encontraba se difuminaba conforme abría los ojos. Una luz tenue e indecisa me animaba a hacerlo. Aclaré mi vista parpadeando varias veces y enfoqué una alfombra, a lo lejos había una estantería repleta de libros. Me levanté del suelo, miré a mi alrededor y nada me sorprendió.

Era un amplio despacho, de estilo antiguo, típico de alguna persona mayor dedicada a sus libros y a poco más. Las paredes estaban ocultas tras las enormes estanterías y una mesa de caoba se alzaba imponente sobre la extensa alfombra artesana.

Pero no era eso lo que captó mi atención. Un gigantesco sillón se oponía entre la chimenea y yo, con lo que los destellos de las llamas me llegaban lejanos y la sombra abarcaba toda la estancia. Al lado, una mesita sencilla sostenía una copa de licor acaramelado y el humo del puro serpenteaba hacia el techo sensualmente.

Me froté los ojos y me dispuse a acercarme al fuego.



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Un hombre mayor me dio la bienvenida. No habló ni me dirigió la mirada, pero un pequeño gesto con su mano bastó para invitarme. Rodeé el sillón acercándome a la chimenea y esperé contemplando el tranquilo baile que ofrecían las llamas.

No sabía si debía hablar, o si debía esperar, o si arrojarme al fuego era mi única opción. Esto último no me hubiera sorprendido, de alguna manera me había acostumbrado a esas torturas. Por suerte no tuve que decidir yo, el anciano habló con voz tranquila y pausada repitiendo palabras que ya habían sonado en mi cabeza:

-¿No estás mejor ahora?

No, no lo estaba y así se lo hice saber. Estaba mucho mejor en mi casa, en mi pequeña habitación con mis pequeños pensamientos.

-Estabas mejor en tu pequeña habitación, creando tus propias fantasías y pesadillas para luego acurrucarte en un rincón para huir de ellas. ¿Es eso lo que intentas decirme?

-Al menos eran mis pesadillas y no las tuyas.

-¿Y cuál es esa diferencia?- contestó pesadamente y presionando sus sienes.

La pregunta flotó en el aire como una pompa de jabón que esperara explotar. Pero no supe como hacerlo. No conocía la respuesta. Abrí la boca con intención de contestar, pero no conseguí gesticular palabra alguna, estuve pensativo durante un largo rato. El anciano se levantó y se encaró, yo miraba al suelo y él me miraba a mí.

-Sueños o verdad… esa es tu decisión. Pero sabes lo que has visto, lo sé yo y lo saben todos, no quieren aceptarlo pero lo saben. Y, seguramente, en ese rinconcito oscuro de tu habitación también lo entiendes.

Levanté la vista mientras me hablaba, y una lágrima me mojó la cara. Las imágenes se sucedían vertiginosamente una tras otra en mi mente. Sentí aversión y, quizá, una ligera comprensión. Ambas sensaciones me resultaban familiares, al igual que la desesperación que las acompañaba como un perro fiel.

Sucio y despreciable perro. Ansioso por comprender sin entender, ansioso por huir sin afrontar, ansioso por morir sin haber vivido. Imbécil arrogante, maldito manipulador.

El anciano me tocó el hombro con suavidad, noté pesadamente su mano y creí perder todas las fuerzas. Una vez más creí oír “esa” voz hablándome suavemente al oído:

“Ya está bien, todo ha pasado. Tus pesadillas son tuyas. Ve. Sé el perro que tanto odias y ódiate por todo. Todo ha pasado”

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El sonido del despertador taladraba mi cabeza mientras retomaba la consciencia. Estuvo casi un largo minuto sonando hasta que pude estirar el brazo y apagarlo de un golpe. La cabeza me ardía y los ojos me escocían a causa del sol, debía ser tarde.

Estaba despierto. En casa. En mi casa. Vagamente recordaba nada, era un sueño más. Todo había pasado. Una pesadilla.

En seguida me enganché a mi monótona rutina: clase, estudio, amigos… De vez en cuando tenía visiones, recuerdos de la pesadilla –o pesadillas, era confuso-. La jaqueca aún me duró unos días, los flashes fueron disminuyendo y todo volvió a la normalidad.

Absolutamente todo.

El malestar no tardó en aparecer y temía volver a tener pesadillas. No quería volver, por nada del mundo. El rincón oscuro volvía a crecer conforme el sol se ponía y mis sombras de sospecha y paranoia ocupaban su lugar habitual. Comentarios fuera de lugar, miradas envenenadas. Todo mío, todo fuera. Yo siempre fuera de mí, siempre fuera de todo. Ves y olvidas, mueres en silencio, ignoras las voces que te llaman porque yo no estoy loco. Cuando, en realidad, es al revés…

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Sumido de nuevo en mí, me tapé con las sábanas para dormir. Suplicaba para mis adentros piedad, a la vez que me repetía: “Todo ha pasado, todo ha pasado…”

Volví a escuchar la frase, no provenía de mi boca y tampoco era mi imaginación. Giré la cabeza alarmado hacia la puerta de mi habitación. Una niña me miraba escondida tras el marco de la puerta. Su vestido rojo ondeaba tímidamente junto a ella, repitió mi frase y me contestó a la vez que salía corriendo.

“¿Seguro?”

martes, 6 de julio de 2010

Contando pesadillas (Parte VI): Espiral

Calma. Calma… ¿porqué no había calma? ¿Porqué el desasosiego se empeñaba en darme caza? Aún estando ya muerto…

Iluso de mí, creía que la muerte era un final, un triste final para una terrible pesadilla que se convirtió en mi vida. Mi vida de sueños y falsas apariencias. No se dieron más puertas que cruzar, me dirijo a ti, artífice de mi tragedia, del drama que me diste por vida y por muerte. No me diste más puertas y me tiré de cabeza contra ti, y como no sabía qué, ni quién, ni dónde… me lancé, me catapulté hacia fuera. No había puerta pero conseguí salir.

“¿No era esa tu ansiada puerta?”

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Intenté, como otras tantas veces ya, abrir pesadamente los ojos. Interminables luces cruzaban mi visión, rápidas, rítmicas, incluso hipnóticas y…en ese mismo instante, un lejano eco en mi cabeza de una voz conocida me hizo agitarme violentamente. Fue un acto reflejo que había adquirido. Si tan siquiera pudiera verlo, ¿¡porqué te escondías!? No soportaba oír de nuevo su voz susurrándome al oído.

Me levanté sobresaltado de la camilla de hospital y, extrañado, me encontré de pie en un pasillo. Un interminable pasillo blanco en ambas direcciones. Vacío, sin puertas, sin muebles, sin camilla… solo yo. Caminé, supuse que no importaba la dirección, y elegí sin pensar. Aunque sabía también que no importaba, le tocaba a él mover ficha y solo cabía esperar.



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Un fuerte ruido me alcanzó por la espalda, era lejano pero firme. Como si se hubiera accionado un mecanismo, me fue casi imposible identificar mis sensaciones y aún menos el origen de aquello. Antes de que me diera cuenta se volvió a oír, ahora más cercano y amenazante. Asomé la mirada por encima de mi hombro a la vez que se escuchaba un tercero, y luego otro… y otro… y otro…

Las luces se apagaban, una tras otra, desde el fondo del pasillo, inescrutable para mí. Cada vez más rápido y cada vez más cerca. Mi nerviosismo crecía conforme se acercaban los apagones, y me entró el pánico. Eché a correr desesperado, no entendía porqué, pero sentí la necesidad de huir de esa nueva oscuridad. Corría y corría con todas mis fuerzas, pero era inútil, me estaba alcanzado a un ritmo imposible de seguir. No quería volver a estar a oscuras… no…

Cuando ya todo esfuerzo parecía vano, vi a lo lejos, a la izquierda, una puerta blanca casi camuflada en el blanco de la pared. Entré sin dudar.

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La puerta se cerró tras de mí, ocultándose entre el resto de la pared negra. De repente, un haz de luz pasó sobre mi cabeza y fue a parar a una tela blanca al otro extremo de la estancia. Era una pequeña y cutre sala de cine, las imágenes ya se mostraban. Una alegre familia paseaba por un parque; verde, amplio y lleno de vida… se veían felices, cogidos de la mano. Estaba confundido, el contraste de colores me inquietaba, tan acostumbrado a su ausencia. Me quedé pensativo mirando cada detalle, cada gesto y todas sus sonrisas. También me sorprendió el hecho de que no despertaba nada en mí. Me pareció lejano, frío e incluso idiota. Como si no fuera conmigo. Quizá sencillamente no estaba dirigido a mí, pero quienquiera que montara esto no habría cometido tal descuido, no.

Un fuerte chasquido me hizo volver en mí, la sala entera se iluminó y el silencio siguiente invitaba a salir de allí. Lo hice, o eso creí.

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Esperaba volver al pasillo, no sabía si blanco o negro, iluminado o a oscuras. Pero, no podía ser de otra forma, había cambiado. Me encontré de nuevo en una sala de cine y todo actuó de la misma forma… Se veía una casa, al parecer una de las habitaciones. Un hombre y una mujer discutían enérgicamente, gritaban, gesticulaban e incluso forcejeaban. Se incriminaban el uno al otro por algún motivo que no importaba ni me interesaba.

No le di importancia.

Esperé a que terminara, sin apenas mirar. Salí por la puerta y entré en la siguiente sala.

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Las salas se sucedían una tras otra. Una gran maratón cinematográfica convertida en una espiral de dolor y un sinsentido de violencia gratuita. Si bien la primera filmación era algo agradable, las siguientes siguieron una progresión indefinida de perversión y destrucción. Cada puerta que cruzaba, cada sala que visitaba, era como bajar un escalón hacia la realidad humana. Violencia. Cada vez más agresivo.

Las palizas se convirtieron en asesinatos, y éstos en torturas despiadadas y mutilaciones de toda clase. Me sorprendí admirando los charcos de sangre y las salpicaduras que aparecían en la lente. Tan real… Podía incluso escuchar con claridad el chasquido de las cervicales de aquel desdichado personaje decapitado a guadaña.

Y, al final…

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Se acabó el cine. Tal vez pensó en pasar a algo más tangible.

En la última sala, aunque esto no lo supe, el ritual siguió de la misma manera. Se apagaron las luces, y un haz de luz cruzó la habitación negra e insonorizada. Pero esta vez la luz venía de diferentes puntos, focos que apuntaban al centro del lienzo solamente para mostrar, con todo un juego de sombras y brillos su obra. Colgado del techo, una figura humana. Un pequeño espacio quedaba entre el tronco y cada extremidad y la cabeza, por lo que había al menos una docena de cuerdas que descendían del techo. El toque final era unas grandes alas de ángel pintadas violentamente en la tela blanca. Daba el efecto de que el cadáver estuviera volando hacia el cielo, en movimiento pero estático.

Aquello me pudo completamente, me desbordaba. Vomité. Busqué a ciegas la puerta y salí de allí. Y todo fue negro de nuevo.

sábado, 22 de mayo de 2010

Contando pesadillas (Parte V): Vive la Muerte

No sabía qué recordar. No había nada en que fijar mi mente, nada más que este retorcido y sádico juego en que estaba atrapado, como una mala pesadilla que parece tan real como la sangre que manchaba mi cara.

Mi músculos no respondían y estaba en una especie de shock emocional. Llegué a pensar que estaba condenado a vivir en sueños, y no iba mal encaminado. Debía levantarme, debía hacer algo, rápido. Me obligué a abrir los ojos, me obligué a vivir, apartar los malos pensamientos de mi cabeza e intentar salir de allí.

Abrí los ojos, empecé a enfocar lo que supuse que era un charco. Agua de lluvia manchada de rojo. Había dejado de llover y un leve rayo de sol asomó entre las espesas nubes aún oscuras. Ignorando el punzante dolor de todas y cada una de mis extremidades me levanté pesadamente. A mi alrededor no había nadie, como la primera noche que pasé en esta ciudad, lo único real eran los edificios y el hormigón.

Sumido en este trance me di cuenta de que tenía algo en la mano, un libro. Estaba forrado de cuero negro, sin título… y tampoco tenía nada escrito, salvo un par de párrafos escritos con mi propia letra. Comencé a leerlo con impaciencia y un creciente nerviosismo.

“Día 3,
No entiendo nada, no sé qué más hacer. Este lugar no tiene salida. No hay a quien preguntar ni lugar donde refugiarme, solamente llueve y llueve y llueve… No sé si son días o semanas o torturas las que he pasado así… no hay sol que me caliente, ni estrellas que me guíen. Solamente el desamparo de las nubes de tormenta que acechan mi tranquilidad. Acuchillan y desgarran, mi ánimo muere con cada descarga de lluvia. Estoy atrapado y no sé por dónde salir.”


No recordaba haber escrito eso. Ni siquiera sabía escribir así. Y, sin embargo, tenía la certeza de que eran mis palabras. Esas líneas despertaron en mí las mismas emociones con las que fueron escritas. Los siguientes párrafos de aquel diario eran muy similares y no me detuve a leerlo todo, ni tenía ganas, ni ánimo… y tampoco me atrevía. Guardé el libro y me dispuse a intentar sobrevivir como fuera.

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Recuerdo aquel día, ahora lejano, en que encontré el diario. Nada ha cambiado desde entonces. Sigo deambulando por estas calles infinitas y monótonas. Donde la vida brilla por su ausencia, y es lo único que puede brillar. Mentira…

Algo era diferente, habían vuelto los fantasmas. Veía gente por la calle, aquella misma gente que se reía de mí en mi primera noche en la ciudad. Fantasmas ajenos a todo salvo a sí mismos, y yo era uno más, ajeno al resto de habitantes sin rostro. Aquellas risas que una vez me torturaron eran ahora un escudo en mi mente, un escudo retorcido y estúpido. Eran mis risas las que combatían las suyas y no mi sangre. Eran mis risas las que ahora me mataban y eran mis risas las que no conseguía evitar. Un fantasma más.

Y eso quería ser. Nadie. Una pieza más de un puzzle infinito por las calles muertas de una ciudad inventada. Riéndome a carcajadas de mi desgracia, ignorando así las de los demás, mi dolor es mío y sólo yo me lo provocaré. Estaba dispuesto a hacerlo, borraría mi cara a los ojos vacíos de mis fantasmas, como ellos.


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Pasé un tiempo diseñando y fabricando mi máscara, una máscara blanca y sin rostro como las que todos tenían. Conseguí un poco de cartón y otro poco de cola y me fabriqué con prisa una máscara digna de un profesional.

Quise detenerme unos instantes frente a un espejo para despedirme de mí y de mis emociones. Repasé con la mirada cada uno de mis rasgos y expresiones, agrupándolas todas para borrarlas definitivamente en un acto de puro genocidio. Sostuve mi pequeña creación con ambas manos y me la llevé poco a poco, pero con decisión, hacia mi cara. Lo que sentí al tocar aquel cartón… las palabras no pueden… y los gritos tampoco.

Sentí como si millones de agujas penetraran por cada poro de mi piel, aferrando la máscara a mi cabeza. Un dolor indescriptible y simplemente fuera de toda escala racional me impulsaba a quitarme aquello, pero me obligué a no hacerlo, me concentré en asumir que aquellas goteras de sangre que brotaban de los límites de la careta serían las últimas.

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No todo es eterno. Nada prevalece ni nada sobrevive. Ni siquiera el dolor. Pero mi fortaleza y mi autoconvencimiento murieron mucho antes y sentía la urgente necesidad de huir del dolor, no quería más, no podía más. Mi mente se descomponía en miles y miles de trozos, explotando todos por culpa del dolor. Agujas en mi rostro que devolvían mis risas multiplicadas y amplificadas, clavándose más y más a cada segundo que osara aguantar. Sangrando, muriendo, enloqueciendo…

¿Porqué no cesaba? ¿Qué era aquello? Intenté quitarme aquel aparato de tortura que yo mismo diseñé. Pero me sorprendió la manera en que no podía deshacerme de él. El sufrimiento era inhumano, pero ya formaba parte de mí. Lo sabía… pero la idea me aterraba…

La única manera de escapar… por fin cobró sentido. Sufrí la muerte en vida, y ahora debía vivir la muerte. Odié aquellas palabras casi tanto como me odié a mi mismo por recordarlas. Siempre lo supe, desde que me hablara aquel hombre al oído, que la única manera…

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“Último día,
…”


Las últimas palabras, fueron sangre.

domingo, 25 de abril de 2010

Proyección

Cogí una vieja silla de madera y la puse frente a la suya, perfectamente alineadas y simétricas. Hicimos el movimiento prácticamente al unísono, nos sentamos uno frente al otro y pareció como si nos asesinásemos con la mirada y con la mente. Permanecimos largo rato así, inmóviles, petrificados, clavando la mirada en el otro y con la mente en blanco. No sabía que pensar, la verdad, no conocía de nada a aquel tipo y sin embargo me sonaba su cara. Su expresión me devolvía esa misma sensación de extrañeza, confusión y una lejana comprensión, en esto último me llevaba ventaja.

El tiempo carecía de sentido en aquella estancia, era todo tan ordinario que permanecer más de un instante en intentar buscar algo interesante sería una pérdida de tiempo, un tiempo que gastábamos en perforar la mente del silencioso interlocutor. Pasados unos minutos, horas, días o semanas, no importaba cuánto; arrancamos a charlar, pero las palabras sonaron dobles. El eco fue perfecto, y ambos quedamos boquiabiertos por la coincidencia, volviendo al silencio. Me sonrió con una cara de suficiencia y le devolví confusión.

- ¿No hace falta que diga "hola", verdad?
- De la misma manera que no se lo dirías a un desconocido por la calle.
- Exacto.

"Pero", pensé yo, "aquí estamos tú y yo solos..."

- Hola.- dije, sin sentirlo realmente.
- ¿Verdad que es diferente?

Yo permanecí en un silencio expectante, percibía en él una predisposición casi enfermiza de trastear en mis pensamientos. Y, así, no pudo evitar -ni tampoco quiso- seguir hablando.

- Es diferente cuando algo te llama la atención. - sacudió disimuladamente la cabeza, como quien aparta un insecto de su cabeza. Miró fugazmente a un lado y volvió a mí.

Yo permanecía en silencio mientras él seguía deambulando por pensamientos, quizá, ajenos a mí.

- Descubriendo una montaña oculta en una planicie. Te tumbas en el suelo mirando a ras, y solo te topas con el horizonte en la lejanía. Entonces echas a andar, sin rumbo, pues todo es igual e indistinto. Te paras aquí y allá, en pequeñas rocas y quizá te interesan algo; ¡incluso te sientas en alguna! Pero son incómodas, ¿verdad? Te levantas de nuevo y sigues tu camino difuso, difuso por destino y no por camino. Puedes dar vueltas, puedes ir recto, puedes correr y caer, puedes bailar y saltar; ¿qué importa, si todo es planicie? Noche y día son idénticos. Plano, plano... Y quieres encontrar piedras cómodas, pero son duras, frías o calientes, incómodas en esencia, quizás con un respaldo... si lo hubiera... Pero, claro, con las piedras también tropiezas. Una y otra vez. Por eso, en vez de sorprenderte, te quedas mirando la sangre caer. En el plano, ¿qué más da, si andas o corres, si bailas o saltas?

Sus palabras carecían completamente de sentido para mí. Pero él... Fabricaba con pasión cada una de sus frases, saboreaba las metáforas como un sabroso postre. Sin duda, estaba disfrutando. ¿Porque, entonces, no sonreía? Sacudía una y otra vez la cabeza cuando una sonrisa asomaba en sus labios. O eso creía, era efímero. Apartaba visiblemente los sentimientos agradables para guardarlos en sí. Se detenía entre frases, miraba a un lado. Más de una vez intenté mantener el contacto visual, pero me evitaba la mirada al hablar, solo haciéndolo en los silencios. ¿Esperaba comprensión?

- No consigo seguirte. - dije finalmente.
- Sin embargo aquí sigues.
- Es lo que quieres.
- Quiero... - continuó con su monólogo apasionado y reprimido- ¿Cómo se sabe lo que se quiere? Si cuando algo tienes ya no lo quieres. Si cuando no tienes el querer es obsesión. El plano de la indiferencia frente al anhelo del horizonte. ¿Cómo sabes que quieres una montaña, si a la vista no la hay? ¿La querrías al verla? Solo son suposiciones con respuestas claras, que pierden sentido al preguntarlas así. Son preguntas que no interesan a terceros.

Algo dentro de mí comprendía. Se guardaba sus pensamientos como preciados tesoros, enmascarándolos con una gruesa capa de falso interés. Su rostro no cambiaba, apartaba sentimientos. Completamente indiferente, a mí, a él, a todo. En realidad, dudé de todo lo que me dijo, dudé de su cordura, incluso de su locura. No era nadie, comprendía. Es la diferencia entre entender y comprender. Entendía sus palabras, si, conseguí seguirlas. Pero no se pueden comprender, no había provecho, eran como placebo de una mente inquieta. Como quien da agua a un ser hambriento, beberá mucho, pero no lo saciará. El agua no calmará su hambre, solo confundirá su cuerpo durante un corto periodo de tiempo. Así era él. Lo detesté, y me detesté por intentar escucharle. Me ví reflejado en el o él reflejado en mí. No, más bien, reflejos vacíos. Como dos reflejos idénticos de algo más real que no éramos ninguno de los dos, no estaba en aquella habitación.

Como cada día, como cada tarde, volví a guardar el espejo que tenía frente a mí, tapando mi reflejo con una sábana. Observé por unos instantes el paisaje a través de la ventana y salí a la calle.

miércoles, 7 de abril de 2010

Contando pesadillas (Parte IV): Muerte en Vida

Una estrecha escalera de caracol descendía hacia la inmensa oscuridad de un sótano. Parecía no tener fin, giraba y giraba sobre sí misma, con una elegancia que me costaba asimilar e incitaba a continuar descendiendo. A medida que avanzaba las paredes se hacían más y más oscuras, pero eso solo hacía que mi curiosidad y, por tanto, mi prisa fuera en aumento. Pasé por debajo de un arco de piedra. Absorto en mis confusos pensamientos no me di cuenta… frené en seco. Volví sobre mis pasos y me detuve a observar la parte superior del arco. Entre las desgastadas piedras se podía adivinar los restos de un letrero, esculpido. Parecía como si alguien hubiera golpeado las letras para eliminar cualquier rastro de ellas, pero aun así… conseguí leerlo: “Muerte en Vida”.

Aunque lo hubiera intentado, esas palabras no podían desaparecer de mi mente, mientras seguía descendiendo por los malgastados peldaños. ¿Qué otra cosa podía tener en mente? Piedra, escaleras, piedra… no había nada más. Ahora iba más atento pero sin detenerme en ningún momento, las ansias de encontrar algo nuevo no podían con la curiosidad de escudriñar los, ahora numerosos, arañazos en las paredes. Pasé por debajo de otro arco, de nuevo, con un letrero medio destruido… me paré a leerlo: “Vive la Muerte”.

“Bien”, pensé, “ahora tengo dos cosas en que pensar”. Lo cual era completamente inútil, para mi eran palabras vacías de significado. Ojala lo fueran aún…

Tras casi una hora, o al menos eso creía, bajando, bajando… tras pasar por innumerables arcos de piedra con letreros destruidos y maltratados, ocultos a los ojos inocentes de su único lector… me tropecé de golpe con una portezuela de madera. Era el final de la escalera, por fin. Tenía una cerradura, aunque la llave estaba puesta. Giré la pesada llave oxidada y abrí la puerta casi con alivio.

Lo que me esperaba al otro lado de la puerta aún es algo que… algo que…

Una brisa suave me acarició las mejillas, con un frío que rasgaba la piel. Mi odiado amo de la realidad había estado jugando conmigo de nuevo y su voluntad quiso dejarme tirado en medio de una oscura calle azotada por el frío de la noche. Al darme la vuelta vi que la puerta había sido sustituida por un sólido muro de hormigón. Era increíble, sí, pero no sorprendente.

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Sin otra cosa que hacer mas que retorcer y exprimir las palabras de piedra de un camino que ya no existía, eché a andar por la calle. No parecía el centro de una ciudad, pero tampoco un suburbio. Era totalmente típica, bloques de edificios con pequeños comercios en la planta baja, un supermercado, alguna calle más ancha, otras más estrechas… muy típico.

Dentro de esta pequeña burbuja de tranquilidad el viento era el protagonista. Con cada ráfaga de hielo sentía un escalofrío que me hacía sacudir todo el cuerpo. Me refugiaba tímidamente en los portales, como si así consiguiera darle esquinazo. El viento se arremolinaba en los recovecos, me sacaba de los portales para dar caza al único transeúnte de esta ciudad fantasma. La única señal de vida era la luz de las farolas, y no aportaban seguridad, sino todo lo contrario. No había gente, ni luz en ninguna casa.

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Tras un buen rato y varios rincones incómodos, encontré un amplio portal que hacia una curiosa forma de L, me dirigí a él con alivio. Nunca lo vi entero…

Estando a tan solo un par de zancadas escuché una voz, casi un susurro fundido con la ópera del viento, detrás de mí. Me di la vuelta tan rápido que estuve a punto de tropezar conmigo mismo. La voz provenía de un chiquillo, se asomaba cautelosamente desde detrás de un pequeño arbolillo. A penas podía verle la cara, pero parecía triste… triste por mí. Volvió a pronunciar mi nombre. Era increíble como hacía llegar hasta mí su voz, tan suave. Me quedé parado. Y estando allí plantado, en medio de la calle, con un viento infernal que ahora ignoraba, me di cuenta de que… mientras mi ropa aleteaba con rabia, la suya no… como si él fuera un pequeño espacio tranquilo.

Quise andar hacia el niño, pero en cuanto di el primer paso desapareció. Se escondió detrás del árbol. Corrí hacia allí pero no había nada.

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Alcé la vista calle abajo. Quedé sorprendido. Dos personas estaban allí donde yo mismo me había quedado plantado al suelo.

Eran pareja, estaban cogidos de la mano y se miraban a los ojos. Él se acercó a ella y la besó tiernamente. Acto seguido ambos giraron la cabeza hacia mí. Me miraron con los ojos muy abiertos, sin pronunciar palabra. Miré a mi alrededor, detrás de mi, arriba, al suelo… solo estaba yo. Se miraron de nuevo y luego a mi otra vez. Un abatimiento sobrehumano me sobrevino de repente cuando ambos rieron, se rieron… las carcajadas taladraban mis oídos. Un dolor mucho más intenso que el frío… caí de rodillas y grité, grité de dolor, sin saber qué me dolía.

Cerré los ojos con mucha fuerza, busqué energías para levantarme y echar a correr. Corría con dificultad, tropezando con todo, caía al suelo y me golpeaba con paredes y postes. Pero ningún golpe se igualaba a aquel dolor. Mi cabeza era un cúmulo de imágenes sin sentido, en cierto modo llena de vacío.
En cada esquina, en cada calle, había alguien. A veces una sola persona, otras veces eran más. Una pareja, un grupo de amigos, un anciano, un niño… Todos hacían lo mismo. Reían y reían. No eran risas, eran muecas. Carcajadas vacías y sin sentimiento, como robots programados para ello. Era peor. No eran reales. Todos desaparecían.

Terminé cayendo al suelo de bruces. Estuve… yo que sé cuanto tiempo allí tirado. La sangre me nublaba la vista y mojaba mi rostro. Oí unos pasos cerca de mí, pero ya no podía siquiera abrir los ojos. Sentí como se me acercaba a la cara, soltó una risa divertida y me habló al oído… “¿Recuerdas?”

viernes, 5 de marzo de 2010

Contando pesadillas (Parte III): Gente

Aparté el velo gris y seguí adelante.

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Lo que vi a continuación es algo que… duele recordarlo. Me marcó, realmente lo tengo grabado en mi mente… y sospecho que de alguna manera también en mi cuerpo. Echando la vista hacia arriba, algo no cuadraba, pero eso era algo que ya no sorprendía. Era un techo altísimo, como una catedral, realmente “parecía” una catedral… tenia un cierto toque gótico. Pero… entonces… mire a mi alrededor. Una imagen macabra, perturbadora, como si todo fuera una mala pesadilla de un niño con mucha imaginación. Empecé a sentirme mal, muy mal. El corazón se me aceleraba, mi mente intentaba asimilar el horror, no podía… caí al suelo con las manos en la cabeza, temiendo que estallara en mil pedazos. Un pedazo por cada maniquí torturado de aquella perversa escena.

Decenas, cientos, quien sabe si miles… Maniquíes. Sin ropa, mutilados, manchados, desgarrados. Y los detalles eran lo peor. Cada uno de ellos estaba masacrado de una manera distinta.

Cortes varios, miembros arrancados, decapitados o simplemente retorcidos. Con todo tipo de objetos atravesándolos… cuchillos, tijeras, estacas… Todo gris y todo muerto. Tenia ganas de vomitar. ¿Qué clase de mente retorcida puede hacer eso? ¿Qué ha ido tan mal para acabar así? No tenia fuerzas ni ánimos como para intentar buscar una respuesta. Simplemente me repugnaba.

De repente, reparé en algo que no había visto al entrar. Otra vez, un espejo. Justo delante de mi había un espejo apoyado en una columna, estaba roto y parecía viejo. Pero era distinto a los otros, éste era bastante sencillo y tenía una placa metálica al pie. Me acerque para ver que era. Limpié el polvo con los dedos y leí: “Busca. Suicidio mental.”

No lo entendí.

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No sabía bien qué hacer. Debía haber algún tipo de salida, pero aquello era enorme, y estaba lleno de “esas”cosas. Decidí armarme de valor y recorrer la estancia.

Recorría deprisa las hileras de muñecos. Evitando fijarme demasiado. Desgraciadamente, sin yo quererlo, me detenía en alguno especialmente macabro… clavos en los ojos, alguno casi partido en dos de un hachazo… Todo eso me estaba afectando… la vista se me nublaba y me estaba mareando. No podía seguir adelante… mi mente se partía. Vomite tres veces antes de decidirme finalmente a volver. Busque el camino y volví a donde estaba el espejo.

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Algo había cambiado. ¡Otra vez! Había un maniquí que no estaba al principio. Tampoco estaba como los otros. Era un maniquí completamente blanco y limpio. Estaba agachado… como leyendo la placa metálica que horas antes estuve leyendo yo. Cuando aun no me había acostumbrado a ver muñecos destrozados, me tuve que encontrar con ese. Casi no se podía ver el contorno, solo metal y más metal… al parecer se había llevado la peor parte. Todo tipo de objetos punzantes sobresalían de el.

Algo me decía que tenía que seguir. Y, en efecto, el espejo era de nuevo una puerta. Una estrecha escalera de caracol descendía hacia la inmensa oscuridad de un sótano.

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Ahora entendía… Me estaba volviendo loco. Alguien jugaba conmigo y yo no podía hacer nada más que seguir su juego. Quería morir, parar mi cabeza, mi pensamiento… estaba sobresaturado. Me volvieron dos palabras a la mente, entre todo el torbellino de desesperación…

“Suicidio mental”

jueves, 25 de febrero de 2010

Contando pesadillas (Parte II): Ilusión

-Por favor, continúa...
-Uh?
-La historia no acaba ahí, ¿cierto? [Seguía sonriendo]
-No, supongo que no.
-Cuéntame el siguiente capítulo, seguro que es diferente.
-Ya te lo sabes, ¿porqué debería contártelo?
-No me lo cuentas a mi, sino a ti...

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El viejo se desvanecía, desaparecía... Aunque no sabía porqué, estaba desesperanzado, no apreciaba a aquel anciano, pero era lo único que tenía. Mi única compañía, su solitaria conversación prepotente. Ansiosamente miré a mi alrededor... Era mi sitio... mi lugar... mi hogar... mi claustrofóbica prisión. Me encontré escudriñando un viejo espejo, enorme. Aún recuerdo el dolor de los cristales rotos, las heridas en los puños y la brecha en la cabeza... cuando desapareció por completo del reflejo.

Lo recuerdo muy bien. No sé situarlo, pero lo recuerdo. Podría haber sido ayer, o años atrás. La semana pasada, o hace diez minutos. Lo cierto es, y cuesta aceptarlo, es que "él" ya no está. Al menos no como antes, espero que no vuelva.

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Por fin, el momento de cruzar el marco de la puerta nueva ha llegado. Los retorcidos decorados góticos del espejo quedaban mejor como puerta. Una intensa ansiedad asaltaba mi ser, estaba agitado, no sabía a dónde me dirigía. Solo una nueva fuerza incontrolable me impulsaba a hacerlo, dar un paso mas y asomarme. ¿Has sentido alguna vez esa sensación de incredulidad cuando en alguno de tus sueños todo pierde sentido y la lógica se burla de ti, tus pensamientos y rus recuerdos? Pues bien, son todo tonterías.

Sentí un estacazo en el pecho, una opresión mortal que me impedía respirar. No podía ser cierto. ¡No podía ser! Era inconcebible. ¿Estaba completamente atrapado? La misma habitación. Distorsionada. AAARGH!!! ¿Qué le han hecho?

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Una copia idéntica en forma, enemiga en colores. No reconocía aquello. Extraño, llamativo y ordinario. Aquello que llaman "rojo". ¡Un color! ¡ALLÍ!

Crucé la estancia y me dirigí a donde recordaba situada mi ilusión enmarcada. De nuevo, como siempre, distinto. Por suerte o por desgracia, fue fácil. Aparté el velo gris y seguí adelante.


jueves, 7 de enero de 2010

Contando pesadillas (Parte I)

Ufff... ay... joder, mi cabeza, cómo duele... ¿Dónde estoy?

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-¿Qué tal el paseo?
-¡JODER!
-Tranquilo, soy yo otra vez.
-Lo siento, no te había visto. [Otra vez él, con su serena sonrisa.]
-¿Un viaje placentero?
-Impresionante. [Grandísimo hijo de p...]
-Cuéntame...
-Pfff! La verdad es que lo veo todo emborronado.

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Era como una especie de sueño abstracto, retorcido hasta el cansancio. Agotador como una maratón. Angustia, dolor, desesperación... Entretejido en una gran red de flashes. Flashbacks en blanco y negro. Risas sin rostro y miradas mortales. No eran recuerdos felices, había demasiado por decir.

Como una presa a punto de desbordar. La presión insoportable que amenaza con tumbar los enormes muros. Se escapa agua por alguna grieta. No puede evitarse, hay demasiada agua... Entonces, llegado un momento, las grietas dejan de importar... Rebosa por arriba, como un problema ajeno al hormigón. Es más de lo que una construcción puede soportar. Crack...

El ingeniero, viejo y demacrado, no puede observar. Un niño lo guía, le cuenta la tragedia. La obra de un viejo, destruída por inercia, vista por un niño... Una vez relatado el suceso... "Ahí te pudras, viejo". ¿Dónde está el niño?

Ahora solo un torbellino sin sentido. Como una película antigua con efectos modernos. Muchos detalles, formas y sombras. Pero, como burla a la razón, los colores dimiten de vivir. Un tornado de autodestrucción que asola cualquier atisbo de razón en un pequeño cuerpo en el centro. De repente, cuando parece que la tormenta se desvanece, este insignificante personaje se ve encerrado. Una habitación como nunca había visto. Tres paredes, tres esquinas, dos sombras, una luz. No se atreve a moverse, le aprisionan las esquinas y se queda en el centro. En la luz ve a un anciano como un fantasma, en otro rincón hay un chiquillo acurrucado, y en la otra esquina... nada, oscuridad. Sólo le llegan susurros distorsionados. Se tapa los oídos, quiere gritar, pero... El anciano le tapa la boca, el niño llora, y una sombra lo estrangula. Teme morir sin temer al dolor que siente.

Y, al final, la mayor burla para una historia antigua. Con un gran cuchillo llamado Ironía, clava y retuerce hasta desangrar. El rojo sangre mancha las paredes, no como simples manchurrones incoherentes, mas bien como sutiles demostraciones de estilo y ambigüedad. Sangre aqué y sangre allá. Pero aun siendo sangre y saber que es mía, es cálida. Una calidez que casi me hace llorar de alivio.

Ahí estaba, con un manto de sangre en una sala extraña. Sorprendentemente a gusto.