martes, 2 de septiembre de 2014

Almacén de paradojas

Ocurre que a veces, en cierto momento de debilidad casi premeditada, en cierto momento de lucidez indebida, cabizbaja y moribunda; a veces ocurre que eres idiota.

¿Lo soy? No veo porqué no. ¿Ser consciente del error cuenta como idiota, pese a haber vivido la mentira inconscientemente auto-impuesta durante incontables noches de rechazo? Quizá no es el enfoque adecuado.
Siempre ha ocurrido así, en tardes sin música (o quizá demasiada), en las que una palabra fuera de sitio o perfectamente colocada consigue penetrar el velo de la plana inconsciencia a la que inevitablemente se aboca la falta de soledad.

Si la duda no entra, le abro la puerta, me arranco el pecho y me desmonto por ella. Quizá a veces el error no es solamente no cambiar las ideas de sitio, sino no cambiarlas por otras, pero la mera idea resulta paradójica cuando éstas son ya los cimientos de todo lo que fuera a venir. Suele pasar que las paradojas se acumulan sin rabia ni contradicción, sin acción ni desvelo; agazapadas para saltar al cuello del pobre infeliz que ose no haberlas escuchado antes de cumplir su mera existencia. Y, así, curiosamente, es como la locura de no creerse la mentira se vuelve la única cordura. Ser el loco tenía y tendrá, pero no tiene sentido.

La previsión de la paranoia. Destruir la falsa fortaleza y armarse de deshechos. Mis deshechos. De tantos golpes, de tantos errores de cálculo. No tantos, quizá suficientes, pero aunque fuera tan sólo uno, demasiados.


Haré un traje de harapos para atender a los intrusos. Mi traje de gala, mi absurda honestidad. De puertas afuera: magia, trucos y chisteras. Sobretodo chisteras.

lunes, 28 de abril de 2014

Sonado

¿Dónde estarás cuando la música te secuestre? ¿Dónde olisqueará tus pasos malditos por los que muebles y paredes has querido emborronar? Donde quiera que estés, el club de los malditos que somos nosotros nunca deja de atarse a la terrible música que atormenta a los trastornados. Quizá sólo es locura momentánea, que por tres o cinco líneas ha querido dibujar y le salió grito.

Que no hay más nota disonante que la del gentío, agazapado con los oídos tapados y dientes de sable. Ignorantes del silencio. Del turbulento malestar un domingo de sobriedad. Y quizá, sólo quizá, pueda intentar hacerme más daño que los que proclaman su insulsa propiedad de sinrazón. Perdón, controlémonos.

Fue un lunes por la tarde, y a la mierda los tópicos. ¡Como si importara! ¡Como si le importara! ¿Cómo, si me importara? ¿Cómo, si quisiera? Como no quise, ni pedirlo ni evitarlo, aquí tarareo, nota arriba, nota abajo, una letra que no recuerdo, un sentido no desarrollado, un malestar no consumado. Un amor inexistente.

Este primer amor que te revuelve las tripas, te desgarra de la razón y te devuelve al mundo hecho un guiñapo, echándote de casa, que te busques la vida. Nuestro pequeño secreto, cada cuando te dé la gana. Odiosa. Mentirosa. Traidora.

Por las musas sin autor. Por las notas violadas. Por los tontos esbozos de desvarío.

Y en estos momentos, aquellos y cualquiera en que todo aquello que llamaron realidad se disipa entre cuentos y los “necesito medicación”, entonces somos. Pero nunca, y esa es la putada. La patada en la boca. Las discusiones en la calle y muertes potenciales. Exagero. Pero por lo bajo.

miércoles, 16 de abril de 2014

Sobre escribir y repasar

“Perdido, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Lo recuerdas? Apuesto a que no. Y por cómo te veo puedo decir que te arrepientes. No, no agaches la cabeza, mírame. Mírate. Este eres tú, lo eras, y lo serás. Ni te atrevas a apartar la mirada.

Sabías que pasaría, lo pensaste, lo aseguraste y lo descartaste. Necio confiado… si tan siquiera hubieras sido lógico, incluso ilógico, pero no, tuviste que pretender. Intentaste apoderarte de una felicidad en la que no crees, aferrando tu tan poco apreciado pseudo-concepto de vida a este plano de conciencia que bien pudiera ser otro. Tuviste que poner la niebla al sol de cara.”

Su diario debía ya odiarle por todo aquello. Repasar lo escrito en momentos de dudosa concentración (o completa, según momentos) significaba arrancar la hoja, con fuertemente controlada ira a pulso con el desdén. Odiaba y despreciaba aquella persona. Y, por otra parte, la mera idea de que las ideas, con tanto tiempo moldeadas, criticadas, comparadas, odiadas y amadas, pudieran quedar petrificadas en un pedazo de folio… era una estupidez. “Esas cosas no estás hechas para quedarse quietas”, pensó en algún momento. Escribir, repasar, son cosas que sin diario es posible olvidar mejor. Sin diario, sin tentación, sin pluma ni cordura con que esbozar un atisbo de continuidad.

Se perdió en sus propias nubes de indecisión, de inconcluyentes finales a toda opción considerada, que no eran pocas, cerrando el círculo que dibujaban los mecanismos de prioridades, ¡hacia afuera! Todo posible. Todo, pero poco, probable.

“Aún fallas, ¿verdad?”

Por supuesto que fallaba. No era el objetivo acertar tal lotería. Todos se equivocaban.
Al final, el problema siempre había sido el mismo. Nada había cambiado, obviando la nimiedad de que no se había dado cuenta. Supuso, como siempre, que el único fallo posible es la completa falta de consciencia de la razón de todo. Sólo una posibilidad de fallo, tan fácil de evitar si sólo te fijas en él, ¿no? Cualquiera lo diría, si sólo tienes que fijarte en no caerte por “ése” acantilado, no será tan difícil esquivarlo. Pero es un problema algo amplio como para solucionarlo sin más, es, quizá, algo grande. Demasiado grande.

Tanto ha querido abarcar que ahora se ve sólo, imaginando unas realidades cuyos fundamentos a nadie, de los intentos fortuitos que se le ocurrió tal o cual día mostrar en llanas palabras, pudo siquiera entender qué diablos es llano. No del todo.


Tampoco ha buscado tanto. Ni busca. Ni escribe. Ni repasa. Ni piensa. Ni vive. Eso es para otras personas, para otra “gente”, la de ahí fuera.