lunes, 19 de octubre de 2015

Despacio, por favor

Parece que no siempre ocurre de golpe, no de esa manera que te hace saltar de tu silla de incomodidad examinada, no es ese "eureka!" que revoluciona y abre tu mente. A veces ocurre, y a veces sucede de manera imprevista, que la chispa se vuelve lenta, que no hay chispa sino malestar de fondo. A veces, y no tan pocas veces, no hay revelación sino ignorancia.

Ignorantes todos e ignorante yo, por creer que se puede adaptar un cambio como quien se cambia de camiseta. Por creer que mantienes la misma y no es cierto. No lo es.

Y puede que en el fondo, o en lo banal, según se mire, todo siga igual que siempre. Trabajo, amigos, fiestas y rutinas, pensamientos tontos o filosofadas de sillón, lo mismo. ¿Lo mismo? Lo puto mismo. El mismo idiota de siempre. Y un día se descubre, te descubres o me descubro, en no más de un ordinario día o en no más de unos pocos años, reconocerse como uno mismo. Y nada tiene sentido.

Pero es la rabia, de saber que realmente sigues siendo el mismo, las mismas reacciones, las mismas ideas, la misma cara con la que te sientes identificado al otro lado del espejo. Nadie parece darse cuenta, porque no hay jodidos motivos, nadie se da cuenta de que sigues siendo tú, para bien o para mal. Sin embargo, en toda esa profunda carcasa de impasible continuidad, al analizar y pensar sobre ello... ¿quién eres tú? La razón es confusa, ya no te pertenece, no estás en desacuerdo tampoco, pero es... es... tú, yo, alguien.

Lentamente, con el paso de las semanas y los problemas, vas viendo que sigues siendo tú, el mismo cada mañana. El mismo autobús sin frenos donde el conductor ocupa todas las plazas, excepto la del volante. Ahí, varios. Varios... yo.

Allí espero, al fondo del barranco, a quien quiera visitar unas palabras inconexas a cambio de otras. A quien se estrelle cerca, o lejos, o a quien quiera caminar o follar. Quedemos allí, pero caigamos despacio, por favor.

lunes, 20 de julio de 2015

¿Ser...?

Ahora, tras decenas de líneas, tras compartir los peores temores, ideas. Tras haber abierto las cadenas del típico secretismo, sin límites, repetimos, es cierto supongo, ¿no? Nos abrimos, ¿no? 

Demasiado abiertos estamos, ¿verdad? A fuego lento se fraguan cicatrices y a lenta cuchilla se modelan, fracaso. Mentira para el resto, podría ser verdad. PODRÍA SER puta VERDAD, joder, ¿y entonces qué? No estáis jodidos, tenéis escape, tenéis la vida. Típica. Normal. Estable. Perfecta. 


Y una mierda.


Libertad. De ideas. De decisiones. De egoísmo, maldita sea. Puto y jodido egocéntrico egoísmo. Rajar ideas a golpe de divergencia, y diverger. A golpe de. A corte de vida.


A soledad elegida y comprensión estúpida. Lo dejo. 


Solo quiero ser desmentido, discutido, arropado en discusión, desmontado con impresión, idea, frase, metafísica. Pido lo imposible, lo que lleva a SER en un mundo colectivo.

martes, 2 de septiembre de 2014

Almacén de paradojas

Ocurre que a veces, en cierto momento de debilidad casi premeditada, en cierto momento de lucidez indebida, cabizbaja y moribunda; a veces ocurre que eres idiota.

¿Lo soy? No veo porqué no. ¿Ser consciente del error cuenta como idiota, pese a haber vivido la mentira inconscientemente auto-impuesta durante incontables noches de rechazo? Quizá no es el enfoque adecuado.
Siempre ha ocurrido así, en tardes sin música (o quizá demasiada), en las que una palabra fuera de sitio o perfectamente colocada consigue penetrar el velo de la plana inconsciencia a la que inevitablemente se aboca la falta de soledad.

Si la duda no entra, le abro la puerta, me arranco el pecho y me desmonto por ella. Quizá a veces el error no es solamente no cambiar las ideas de sitio, sino no cambiarlas por otras, pero la mera idea resulta paradójica cuando éstas son ya los cimientos de todo lo que fuera a venir. Suele pasar que las paradojas se acumulan sin rabia ni contradicción, sin acción ni desvelo; agazapadas para saltar al cuello del pobre infeliz que ose no haberlas escuchado antes de cumplir su mera existencia. Y, así, curiosamente, es como la locura de no creerse la mentira se vuelve la única cordura. Ser el loco tenía y tendrá, pero no tiene sentido.

La previsión de la paranoia. Destruir la falsa fortaleza y armarse de deshechos. Mis deshechos. De tantos golpes, de tantos errores de cálculo. No tantos, quizá suficientes, pero aunque fuera tan sólo uno, demasiados.


Haré un traje de harapos para atender a los intrusos. Mi traje de gala, mi absurda honestidad. De puertas afuera: magia, trucos y chisteras. Sobretodo chisteras.

lunes, 28 de abril de 2014

Sonado

¿Dónde estarás cuando la música te secuestre? ¿Dónde olisqueará tus pasos malditos por los que muebles y paredes has querido emborronar? Donde quiera que estés, el club de los malditos que somos nosotros nunca deja de atarse a la terrible música que atormenta a los trastornados. Quizá sólo es locura momentánea, que por tres o cinco líneas ha querido dibujar y le salió grito.

Que no hay más nota disonante que la del gentío, agazapado con los oídos tapados y dientes de sable. Ignorantes del silencio. Del turbulento malestar un domingo de sobriedad. Y quizá, sólo quizá, pueda intentar hacerme más daño que los que proclaman su insulsa propiedad de sinrazón. Perdón, controlémonos.

Fue un lunes por la tarde, y a la mierda los tópicos. ¡Como si importara! ¡Como si le importara! ¿Cómo, si me importara? ¿Cómo, si quisiera? Como no quise, ni pedirlo ni evitarlo, aquí tarareo, nota arriba, nota abajo, una letra que no recuerdo, un sentido no desarrollado, un malestar no consumado. Un amor inexistente.

Este primer amor que te revuelve las tripas, te desgarra de la razón y te devuelve al mundo hecho un guiñapo, echándote de casa, que te busques la vida. Nuestro pequeño secreto, cada cuando te dé la gana. Odiosa. Mentirosa. Traidora.

Por las musas sin autor. Por las notas violadas. Por los tontos esbozos de desvarío.

Y en estos momentos, aquellos y cualquiera en que todo aquello que llamaron realidad se disipa entre cuentos y los “necesito medicación”, entonces somos. Pero nunca, y esa es la putada. La patada en la boca. Las discusiones en la calle y muertes potenciales. Exagero. Pero por lo bajo.

miércoles, 16 de abril de 2014

Sobre escribir y repasar

“Perdido, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Lo recuerdas? Apuesto a que no. Y por cómo te veo puedo decir que te arrepientes. No, no agaches la cabeza, mírame. Mírate. Este eres tú, lo eras, y lo serás. Ni te atrevas a apartar la mirada.

Sabías que pasaría, lo pensaste, lo aseguraste y lo descartaste. Necio confiado… si tan siquiera hubieras sido lógico, incluso ilógico, pero no, tuviste que pretender. Intentaste apoderarte de una felicidad en la que no crees, aferrando tu tan poco apreciado pseudo-concepto de vida a este plano de conciencia que bien pudiera ser otro. Tuviste que poner la niebla al sol de cara.”

Su diario debía ya odiarle por todo aquello. Repasar lo escrito en momentos de dudosa concentración (o completa, según momentos) significaba arrancar la hoja, con fuertemente controlada ira a pulso con el desdén. Odiaba y despreciaba aquella persona. Y, por otra parte, la mera idea de que las ideas, con tanto tiempo moldeadas, criticadas, comparadas, odiadas y amadas, pudieran quedar petrificadas en un pedazo de folio… era una estupidez. “Esas cosas no estás hechas para quedarse quietas”, pensó en algún momento. Escribir, repasar, son cosas que sin diario es posible olvidar mejor. Sin diario, sin tentación, sin pluma ni cordura con que esbozar un atisbo de continuidad.

Se perdió en sus propias nubes de indecisión, de inconcluyentes finales a toda opción considerada, que no eran pocas, cerrando el círculo que dibujaban los mecanismos de prioridades, ¡hacia afuera! Todo posible. Todo, pero poco, probable.

“Aún fallas, ¿verdad?”

Por supuesto que fallaba. No era el objetivo acertar tal lotería. Todos se equivocaban.
Al final, el problema siempre había sido el mismo. Nada había cambiado, obviando la nimiedad de que no se había dado cuenta. Supuso, como siempre, que el único fallo posible es la completa falta de consciencia de la razón de todo. Sólo una posibilidad de fallo, tan fácil de evitar si sólo te fijas en él, ¿no? Cualquiera lo diría, si sólo tienes que fijarte en no caerte por “ése” acantilado, no será tan difícil esquivarlo. Pero es un problema algo amplio como para solucionarlo sin más, es, quizá, algo grande. Demasiado grande.

Tanto ha querido abarcar que ahora se ve sólo, imaginando unas realidades cuyos fundamentos a nadie, de los intentos fortuitos que se le ocurrió tal o cual día mostrar en llanas palabras, pudo siquiera entender qué diablos es llano. No del todo.


Tampoco ha buscado tanto. Ni busca. Ni escribe. Ni repasa. Ni piensa. Ni vive. Eso es para otras personas, para otra “gente”, la de ahí fuera.

sábado, 26 de octubre de 2013

Contrato

No finjas desconocer que sabía lo que hacía.

He vivido lo suficiente como para saber que no hay tinta que quede así en un papel tan viejo. No hay tinta tan roja, tan carmesí, que con el paso del tiempo no se pudra y se encadene a los acontecimientos con tanto sufrimiento como el marrón de la sangre seca. No es tinta, es Vida.

Firmé. Y sabía lo que hacía, para tu fingida sorpresa. Tampoco pudiste fingir serenidad, ¿verdad? Sí, fue suicidio, pero el miedo también estaba escrito, y puedo prometer que no era mío.

Sin márgenes. Sin opciones. Sin concesiones.

Sólo tachones en un folio olvidado. Firme.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Equinoccio de ciudad

Suena el despertador. Abre los ojos con desgana, el salto a la vigilia le resulta desagradable, pero los abre. Sigue sonando. Hay que apagarlo, dicen, no vayamos a molestar. A él le molesta, lo apaga. El silencio, de nuevo, inunda su cama. Saca una pierna de la cama y tantea el suelo con la punta de los dedos, está frío, pero no le importa. Tras unos instantes inútiles decide levantarse del todo. Sería inútil lavarse la cara, mejor café. Ojea el periódico con desgana, nada nuevo. Desgana. Los cafés deberían ser tamaño descomunal, mejor no. Dicen. Se queda unos segundos mirando el poso al fondo de la taza, escuchando su silencio, escuchando el tráfico matutino. El futuro es el de siempre, el mismo pasado, el mismo ayer y el mismo ahora. "No pienso fregar ahora". Rasga la cara de algún político o banquero impreso en varias hojas, arruga las tiras y las deja en un montoncito al lado.

Hoy está nublado. No mucho, suficiente para que no molesten los rayos del sol que se escurren por entre los edificios. Se imagina que éstos son como árboles sin hojas ni ramas, todo tronco, grueso hasta lo grotesco e industrialmente cuadrados. Se alzan a su alrededor, con todas esas ardillas con ropa de un lado para otro, corriendo por el suelo como hormiguitas en fila, dispuestos a ganarse el almuerzo. Se imagina el Sol, luchando contra los ventanales y el suelo asfaltado, como si la hojarasca ya hubiera sucumbido a su poder. Le refleja en los ojos y aparta rápidamente la vista del exterior, con temor y dolor por sus ojos, "¿y si...?", aparta esa idea, "no es plan de quedarse ciego hoy". Sería demasiado inusual, ¿saldría en los periódicos? Deduce que no, abandona la idea.

Sin rumbo, se une al tren de peatones que inunda su acera. Sigue la corriente, poco importa que no haya alternativa, no hay rincón que se salve del arrastre colectivo. Tuerce a la izquierda, otra vez, sigue recto unos metros, tan sólo sigue al de delante, ahora a la derecha, o eso cree. Y tras unos minutos que considera innecesario contar, se encuentra de nuevo frente a su número, y para. El de delante no, ni el de detrás, ni el de su lado. "Ahora es el de detrás", piensa, y ríe sin sentirlo. Mira a su fachada y poco reconoce de ella que no haya visto en el trayecto. Tampoco le extraña, ¿qué iba a hacerlo? ¿Y qué más da estar en el mismo sitio cuando las diferencias entre lugares se cuentan con números clavados sobre el portal acristalado? Reconoce a alguien frente a él, de hace unos minutos. No se le hace difícil pensar que volvería a verlo si continuaba suficiente tiempo allí plantado, "como un brote de malas hierbas", se atreve a dibujar.

Como una nota al margen, explica el contexto. Sin más que placas minúsculas se demuestra individualidad. Y sus peones nada pueden hacer para cambiarlo, buscan su lugar, en un lugar homogéneo de cifras vacías. Es normal dar vueltas. "Vomitiva normalidad." Pega un portazo a su mente, y gira la vista a través de la calzada. La luz le devuelve la misma visión de siempre, fachada. Se da cuenta, aunque no ahora, de algo que ya sabía. No es saber, sino conocer. Como aquel recuerdo que se tiene de niño, que siempre ha estado ahí, pero un día, sin venir a cuento de nada, aparece como para recordarte lo inútil que fue tal o cual situación. Recordar que estuvo. Y recuerda que es copia calcada del resto.

"Si al menos estuviera pintada..." Se repugna. Es culpa suya. Culpa de todos. Por no pintar las calles de diferencia, la diferencia nunca aparece, y si nunca aparece... La cabeza le ha jugado una de las buenas, ha de sentarse. Una imagen fugaz recorre y traspasa su pared de pensamiento y espera que nadie tenga la osadía ni la falsa caridad de echarle una moneda. Ríe para sí.

Todos tienen culpa y causa, y consecuencia, de ser círculo vicioso. "¡Ay, el vicio!" Otra cosa, portazo. Y se culpa por no haber sido él pintor de brocha gorda, de pincel fino o pluma desgarbada. Por no empotrar su coche o cráneo contra el hormigón, de pasar junto a él sin mirar su desnudez, de cráneo y hormigón, claro. Y como él, mil. Se pregunta vagamente si habría alguien más sentado en el suelo, como caricatura de su posición, en alguna parte del bosque de prismas medidos al milímetro. Si, quizá, se pregunta porqué. Si, quizá, estará decorando su cara, su fachada, con lienzos o líneas finas. Si, quizá, está empotrando su coche contra el vecino, o su cráneo contra un libro.

Si... quizá... fuera él.