Parece que no siempre ocurre de golpe, no de esa manera que te hace saltar de tu silla de incomodidad examinada, no es ese "eureka!" que revoluciona y abre tu mente. A veces ocurre, y a veces sucede de manera imprevista, que la chispa se vuelve lenta, que no hay chispa sino malestar de fondo. A veces, y no tan pocas veces, no hay revelación sino ignorancia.
Ignorantes todos e ignorante yo, por creer que se puede adaptar un cambio como quien se cambia de camiseta. Por creer que mantienes la misma y no es cierto. No lo es.
Y puede que en el fondo, o en lo banal, según se mire, todo siga igual que siempre. Trabajo, amigos, fiestas y rutinas, pensamientos tontos o filosofadas de sillón, lo mismo. ¿Lo mismo? Lo puto mismo. El mismo idiota de siempre. Y un día se descubre, te descubres o me descubro, en no más de un ordinario día o en no más de unos pocos años, reconocerse como uno mismo. Y nada tiene sentido.
Pero es la rabia, de saber que realmente sigues siendo el mismo, las mismas reacciones, las mismas ideas, la misma cara con la que te sientes identificado al otro lado del espejo. Nadie parece darse cuenta, porque no hay jodidos motivos, nadie se da cuenta de que sigues siendo tú, para bien o para mal. Sin embargo, en toda esa profunda carcasa de impasible continuidad, al analizar y pensar sobre ello... ¿quién eres tú? La razón es confusa, ya no te pertenece, no estás en desacuerdo tampoco, pero es... es... tú, yo, alguien.
Lentamente, con el paso de las semanas y los problemas, vas viendo que sigues siendo tú, el mismo cada mañana. El mismo autobús sin frenos donde el conductor ocupa todas las plazas, excepto la del volante. Ahí, varios. Varios... yo.
Allí espero, al fondo del barranco, a quien quiera visitar unas palabras inconexas a cambio de otras. A quien se estrelle cerca, o lejos, o a quien quiera caminar o follar. Quedemos allí, pero caigamos despacio, por favor.
lunes, 19 de octubre de 2015
lunes, 20 de julio de 2015
¿Ser...?
Ahora, tras decenas de líneas, tras compartir los peores temores, ideas. Tras haber abierto las cadenas del típico secretismo, sin límites, repetimos, es cierto supongo, ¿no? Nos abrimos, ¿no?
Demasiado abiertos estamos, ¿verdad? A fuego lento se fraguan cicatrices y a lenta cuchilla se modelan, fracaso. Mentira para el resto, podría ser verdad. PODRÍA SERputa VERDAD, joder, ¿y entonces qué? No estáis jodidos, tenéis escape, tenéis la vida. Típica. Normal. Estable. Perfecta.
Y una mierda.
Libertad. De ideas. De decisiones. De egoísmo, maldita sea. Puto y jodido egocéntrico egoísmo. Rajar ideas a golpe de divergencia, y diverger. A golpe de. A corte de vida.
A soledad elegida y comprensión estúpida. Lo dejo.
Solo quiero ser desmentido, discutido, arropado en discusión, desmontado con impresión, idea, frase, metafísica. Pido lo imposible, lo que lleva a SER en un mundo colectivo.
Demasiado abiertos estamos, ¿verdad? A fuego lento se fraguan cicatrices y a lenta cuchilla se modelan, fracaso. Mentira para el resto, podría ser verdad. PODRÍA SER
Y una mierda.
Libertad. De ideas. De decisiones. De egoísmo, maldita sea. Puto y jodido egocéntrico egoísmo. Rajar ideas a golpe de divergencia, y diverger. A golpe de. A corte de vida.
A soledad elegida y comprensión estúpida. Lo dejo.
Solo quiero ser desmentido, discutido, arropado en discusión, desmontado con impresión, idea, frase, metafísica. Pido lo imposible, lo que lleva a SER en un mundo colectivo.
martes, 2 de septiembre de 2014
Almacén de paradojas
Ocurre que a
veces, en cierto momento de debilidad casi premeditada, en cierto momento de
lucidez indebida, cabizbaja y moribunda; a veces ocurre que eres idiota.
¿Lo soy? No veo
porqué no. ¿Ser consciente del error cuenta como idiota, pese a haber vivido la
mentira inconscientemente auto-impuesta durante incontables noches de rechazo?
Quizá no es el enfoque adecuado.
Siempre ha
ocurrido así, en tardes sin música (o quizá demasiada), en las que una palabra
fuera de sitio o perfectamente colocada consigue penetrar el velo de la plana
inconsciencia a la que inevitablemente se aboca la falta de soledad.
Si la duda no
entra, le abro la puerta, me arranco el pecho y me desmonto por ella. Quizá a
veces el error no es solamente no cambiar las ideas de sitio, sino no
cambiarlas por otras, pero la mera idea resulta paradójica cuando éstas son ya
los cimientos de todo lo que fuera a venir. Suele pasar que las paradojas se
acumulan sin rabia ni contradicción, sin acción ni desvelo; agazapadas para
saltar al cuello del pobre infeliz que ose no haberlas escuchado antes de
cumplir su mera existencia. Y, así, curiosamente, es como la locura de no
creerse la mentira se vuelve la única cordura. Ser el loco tenía y tendrá, pero
no tiene sentido.
La previsión de
la paranoia. Destruir la falsa fortaleza y armarse de deshechos. Mis deshechos.
De tantos golpes, de tantos errores de cálculo. No tantos, quizá suficientes,
pero aunque fuera tan sólo uno, demasiados.
Haré un traje de
harapos para atender a los intrusos. Mi traje de gala, mi absurda honestidad.
De puertas afuera: magia, trucos y chisteras. Sobretodo chisteras.
lunes, 28 de abril de 2014
Sonado
¿Dónde estarás cuando la música te secuestre? ¿Dónde
olisqueará tus pasos malditos por los que muebles y paredes has querido
emborronar? Donde quiera que estés, el club de los malditos que somos nosotros
nunca deja de atarse a la terrible música que atormenta a los trastornados.
Quizá sólo es locura momentánea, que por tres o cinco líneas ha querido dibujar
y le salió grito.
Que no hay más nota disonante que la del gentío, agazapado
con los oídos tapados y dientes de sable. Ignorantes del silencio. Del
turbulento malestar un domingo de sobriedad. Y quizá, sólo quizá, pueda
intentar hacerme más daño que los que proclaman su insulsa propiedad de
sinrazón. Perdón, controlémonos.
Fue un lunes por la tarde, y a la mierda los tópicos. ¡Como
si importara! ¡Como si le importara! ¿Cómo, si me importara? ¿Cómo, si
quisiera? Como no quise, ni pedirlo ni evitarlo, aquí tarareo, nota arriba,
nota abajo, una letra que no recuerdo, un sentido no desarrollado, un malestar
no consumado. Un amor inexistente.
Este primer amor que te revuelve las tripas, te desgarra de
la razón y te devuelve al mundo hecho un guiñapo, echándote de casa, que te
busques la vida. Nuestro pequeño secreto, cada cuando te dé la gana. Odiosa.
Mentirosa. Traidora.
Por las musas sin autor. Por las notas violadas. Por los
tontos esbozos de desvarío.
Y en estos momentos, aquellos y cualquiera en que todo
aquello que llamaron realidad se disipa entre cuentos y los “necesito
medicación”, entonces somos. Pero nunca, y esa es la putada. La patada en la
boca. Las discusiones en la calle y muertes potenciales. Exagero. Pero por lo
bajo.
miércoles, 16 de abril de 2014
Sobre escribir y repasar
“Perdido, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Lo recuerdas? Apuesto a
que no. Y por cómo te veo puedo decir que te arrepientes. No, no agaches la
cabeza, mírame. Mírate. Este eres tú, lo eras, y lo serás. Ni te atrevas a
apartar la mirada.
Sabías que pasaría, lo pensaste, lo aseguraste y lo
descartaste. Necio confiado… si tan siquiera hubieras sido lógico, incluso
ilógico, pero no, tuviste que pretender. Intentaste apoderarte de una felicidad
en la que no crees, aferrando tu tan poco apreciado pseudo-concepto de vida a
este plano de conciencia que bien pudiera ser otro. Tuviste que poner la niebla
al sol de cara.”
Su diario debía ya odiarle por todo aquello. Repasar lo escrito
en momentos de dudosa concentración (o completa, según momentos) significaba
arrancar la hoja, con fuertemente controlada ira a pulso con el desdén. Odiaba
y despreciaba aquella persona. Y, por otra parte, la mera idea de que las
ideas, con tanto tiempo moldeadas, criticadas, comparadas, odiadas y amadas,
pudieran quedar petrificadas en un pedazo de folio… era una estupidez. “Esas
cosas no estás hechas para quedarse quietas”, pensó en algún momento. Escribir,
repasar, son cosas que sin diario es posible olvidar mejor. Sin diario, sin
tentación, sin pluma ni cordura con que esbozar un atisbo de continuidad.
Se perdió en sus propias nubes de indecisión, de
inconcluyentes finales a toda opción considerada, que no eran pocas, cerrando
el círculo que dibujaban los mecanismos de prioridades, ¡hacia afuera! Todo
posible. Todo, pero poco, probable.
“Aún fallas, ¿verdad?”
Por supuesto que fallaba. No era el objetivo acertar tal
lotería. Todos se equivocaban.
Al final, el problema siempre había sido el mismo. Nada
había cambiado, obviando la nimiedad de que no se había dado cuenta. Supuso,
como siempre, que el único fallo posible es la completa falta de consciencia de
la razón de todo. Sólo una posibilidad de fallo, tan fácil de evitar si sólo te
fijas en él, ¿no? Cualquiera lo diría, si sólo tienes que fijarte en no caerte
por “ése” acantilado, no será tan difícil esquivarlo. Pero es un problema algo
amplio como para solucionarlo sin más, es, quizá, algo grande. Demasiado
grande.
Tanto ha querido abarcar que ahora se ve sólo, imaginando
unas realidades cuyos fundamentos a nadie, de los intentos fortuitos que se le
ocurrió tal o cual día mostrar en llanas palabras, pudo siquiera entender qué
diablos es llano. No del todo.
Tampoco ha buscado tanto. Ni busca. Ni escribe. Ni repasa.
Ni piensa. Ni vive. Eso es para otras personas, para otra “gente”, la de ahí
fuera.
sábado, 26 de octubre de 2013
Contrato
No finjas desconocer que sabía lo que hacía.
He vivido lo suficiente como para saber que no hay tinta que quede así en un papel tan viejo. No hay tinta tan roja, tan carmesí, que con el paso del tiempo no se pudra y se encadene a los acontecimientos con tanto sufrimiento como el marrón de la sangre seca. No es tinta, es Vida.
Firmé. Y sabía lo que hacía, para tu fingida sorpresa. Tampoco pudiste fingir serenidad, ¿verdad? Sí, fue suicidio, pero el miedo también estaba escrito, y puedo prometer que no era mío.
Sin márgenes. Sin opciones. Sin concesiones.
Sólotachones en un folio olvidado. Firme.
He vivido lo suficiente como para saber que no hay tinta que quede así en un papel tan viejo. No hay tinta tan roja, tan carmesí, que con el paso del tiempo no se pudra y se encadene a los acontecimientos con tanto sufrimiento como el marrón de la sangre seca. No es tinta, es Vida.
Firmé. Y sabía lo que hacía, para tu fingida sorpresa. Tampoco pudiste fingir serenidad, ¿verdad? Sí, fue suicidio, pero el miedo también estaba escrito, y puedo prometer que no era mío.
Sin márgenes. Sin opciones. Sin concesiones.
Sólo
jueves, 20 de diciembre de 2012
Equinoccio de ciudad
Suena el despertador. Abre los ojos con
desgana, el salto a la vigilia le resulta desagradable, pero los
abre. Sigue sonando. Hay que apagarlo, dicen, no vayamos a molestar.
A él le molesta, lo apaga. El silencio, de nuevo, inunda su cama.
Saca una pierna de la cama y tantea el suelo con la punta de los
dedos, está frío, pero no le importa. Tras unos instantes inútiles
decide levantarse del todo. Sería inútil lavarse la cara, mejor
café. Ojea el periódico con desgana, nada nuevo. Desgana. Los cafés
deberían ser tamaño descomunal, mejor no. Dicen. Se queda unos
segundos mirando el poso al fondo de la taza, escuchando su silencio,
escuchando el tráfico matutino. El futuro es el de siempre, el mismo
pasado, el mismo ayer y el mismo ahora. "No pienso fregar
ahora". Rasga la cara de algún político o banquero impreso
en varias hojas, arruga las tiras y las deja en un montoncito al
lado.
Hoy está nublado. No mucho, suficiente
para que no molesten los rayos del sol que se escurren por entre los
edificios. Se imagina que éstos son como árboles sin hojas ni
ramas, todo tronco, grueso hasta lo grotesco e industrialmente
cuadrados. Se alzan a su alrededor, con todas esas ardillas con ropa
de un lado para otro, corriendo por el suelo como hormiguitas en
fila, dispuestos a ganarse el almuerzo. Se imagina el Sol, luchando
contra los ventanales y el suelo asfaltado, como si la hojarasca ya
hubiera sucumbido a su poder. Le refleja en los ojos y aparta
rápidamente la vista del exterior, con temor y dolor por sus ojos,
"¿y si...?", aparta esa idea, "no es plan
de quedarse ciego hoy". Sería demasiado inusual, ¿saldría
en los periódicos? Deduce que no, abandona la idea.
Sin rumbo, se une al tren de peatones
que inunda su acera. Sigue la corriente, poco importa que no haya
alternativa, no hay rincón que se salve del arrastre colectivo.
Tuerce a la izquierda, otra vez, sigue recto unos metros, tan sólo
sigue al de delante, ahora a la derecha, o eso cree. Y tras unos
minutos que considera innecesario contar, se encuentra de nuevo
frente a su número, y para. El de delante no, ni el de detrás, ni
el de su lado. "Ahora es el de detrás", piensa, y
ríe sin sentirlo. Mira a su fachada y poco reconoce de ella que no
haya visto en el trayecto. Tampoco le extraña, ¿qué iba a hacerlo?
¿Y qué más da estar en el mismo sitio cuando las diferencias entre
lugares se cuentan con números clavados sobre el portal acristalado?
Reconoce a alguien frente a él, de hace unos minutos. No se le hace
difícil pensar que volvería a verlo si continuaba suficiente tiempo
allí plantado, "como un brote de malas hierbas", se
atreve a dibujar.
Como una nota al margen, explica el
contexto. Sin más que placas minúsculas se demuestra
individualidad. Y sus peones nada pueden hacer para cambiarlo, buscan
su lugar, en un lugar homogéneo de cifras vacías. Es normal dar
vueltas. "Vomitiva normalidad." Pega un portazo a su
mente, y gira la vista a través de la calzada. La luz le devuelve la
misma visión de siempre, fachada. Se da cuenta, aunque no ahora, de
algo que ya sabía. No es saber, sino conocer. Como aquel recuerdo
que se tiene de niño, que siempre ha estado ahí, pero un día, sin
venir a cuento de nada, aparece como para recordarte lo inútil que
fue tal o cual situación. Recordar que estuvo. Y recuerda que es
copia calcada del resto.
"Si al menos estuviera
pintada..." Se repugna. Es culpa suya. Culpa de todos. Por
no pintar las calles de diferencia, la diferencia nunca aparece, y si
nunca aparece... La cabeza le ha jugado una de las buenas, ha de
sentarse. Una imagen fugaz recorre y traspasa su pared de pensamiento
y espera que nadie tenga la osadía ni la falsa caridad de echarle
una moneda. Ríe para sí.
Todos tienen culpa y causa, y
consecuencia, de ser círculo vicioso. "¡Ay, el vicio!"
Otra cosa, portazo. Y se culpa por no haber sido él pintor de brocha
gorda, de pincel fino o pluma desgarbada. Por no empotrar su coche o
cráneo contra el hormigón, de pasar junto a él sin mirar su
desnudez, de cráneo y hormigón, claro. Y como él, mil. Se pregunta
vagamente si habría alguien más sentado en el suelo, como
caricatura de su posición, en alguna parte del bosque de prismas
medidos al milímetro. Si, quizá, se pregunta porqué. Si, quizá,
estará decorando su cara, su fachada, con lienzos o líneas finas.
Si, quizá, está empotrando su coche contra el vecino, o su cráneo
contra un libro.
Si... quizá... fuera él.
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